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Facebook propaganda

En un artículo («European disintegration threatens business on the internet«), un alto ejecutivo de Facebook se lamenta de que las autoridades europeas no sean capaces de ponerse de acuerdo en adoptar una postura común acerca de las políticas de privacidad al respecto de empresas como Facebook y similares.

Comenta que

«Si no es suficiente con cumplir con una ley europea, las empresas tendrán que cumplir con variantes cambiantes en 28 países. […] El mercado único se creó precisamente para evitar esta situación.«

Supongo que somos muchos los que compartimos la impresión de que la gobernanza europea tiene amplio margen de mejora. Aunque no estaría de más debatir si el asunto del mercado único debería (o no) ser más prioritario para la política europea que otras cuestiones no mercantilistas. El viejo asunto de la subordinación de la economía a la política, o viceversa.

Hay, sin embargo, sofismas de fondo en la argumentación de Facebook sobre SU asunto (la cuestión de la privacidad y su regulación). El primero, nada más empezar:

«El proyecto de integración europea […] como la world wide web […] se fundamentaba en un principio poderoso: derribar las barreras que separan a la gente y hacer la vida más fructífera.»

Un paralelismo discutible, porque el proyecto inicial de la Web, tal como lo describe Tim Berners-Lee, su creador, era mucho más técnico que político. Fue la Administración Clinton quien englobó la extensión de Internet en un proyecto político, el de consolidar su posición hegemónica en tecnología. (La Comisión Europea lo intentó con mucho menos éxito con el (hoy olvidado) Informe Bangemann).

No olvidemos, por demás, que Berners-Lee donó su invento al mundo. Probablemente sin pensar que los inversores de capital riesgo de Silicon Valley se apropiarían de su legado para lanzar Netscape, inaugurando así una burbuja tecnológica y la ideología de the winner takes it all.

(Pienso a veces si Berners-Lee, que en los últimos años ha avisado repetidamente de la amenaza que las prácticas de Facebook y otras empresas tecnológicas representan para el futuro de la Web que él había soñado al inventarla, no se habrá alguna arrepentido de esa donación que hoy podría parecer ingenua).

Volviendo al artículo de Facebook, contiene un segundo argumento discutible:

«For internet companies, too, national regulation would pose serious obstacles. Facebook’s costs would increase, and people in Europe would notice new features arriving more slowly, or not at all. The biggest victims would be smaller European companies.«

Creo que no. Que la mayor víctima de aquello a lo que Facebook se opone sería precisamente Facebook. Claro que ya se empieza a diferenciar entre su propósito oficial:

  «We are building Facebook to make the world more open and transparent.«

y su verdadero propósito (el motor de su modelo de negocio):

«Never, ever, ever let its user base leave the site for even a single second.»

 

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La nueva soberbia

Entrevistan en «La Contra» al director de la Singularity University. Una institución docente que es singular como mínimo en creer que «en algún momento de este siglo la inteligencia artificial superará a la humana creando una singularidad como la que nos convirtió en humanos.»

Una afirmación como ésta da para un debate a fondo sobre la naturaleza de la inteligencia y, si me apuran, de la esencia del ser humano. Un debate en el que supongo que tendríamos ideas encontradas. Porque creo que se puede aplicar a este tipo de pensamiento singular la reflexión de Jaron Lanier de que hay quien (nada desintaresadamente, por cierto) se aplica a predicar que la gente es (o será obsoleta) para que los ordenadores (sus ordenadores) parezcan más avanzados.

Esa conversación nos llevaría lejos. Por hoy, me conformo con apuntar una curiosa contradicción cómo el entrevistador de La Contra trata a este singular personaje, al escribir que:

«Es innegable que nuestro mundo se está acelerando y nos exige aprendizaje y error permanente. Silicon Valley lidera esa aceleración, porque ve el error como parte del acierto. Lo opuesto a la vieja soberbia de pretender saberlo todo.«

Me sorprende que no considere como soberbia la más que categórica última respuesta del entrevistado:

«Nadie puede detener la ley evolutiva de la aceleración tecnológica«.

Porque esa ley, para empezar, no existe. La tecnología no evoluciona por sí sola ni por el efecto de alguna ley de origen arcano, sino por la acción de las inteligencias (no cibernéticas) y las voluntades (humanas, porque las máquinas no tienen voluntad) de personas y grupos de personas. Que se esfuerzan en convertir ideas y proyectos en realidades. Y a veces, como en los avances tecnológicos, lo consiguen.

O sea, que el mensaje de la Singularity, típico de un Silicon Valley cuya arrogancia llena estos días titulares (en EEUU), no me parece para nada lo opuesto a la vieja soberbia. Todo lo contrario. Es el exponente de una nueva soberbia. Y, como todas las soberbias, injustificada y peligrosa.

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A favor de la ‘Slow Tech’

Foto: Gary Taxali en el New York Times

Hoy me ha interesado

… una visión del frenesí tecnológico desde una óptica newyorkina (o quizá, más propiamente del New Yorker).

Transcribo (con negrillas añadidas) el que me parece el párrafo clave, que aparece después de comentar, presentándolos como polos de una realidad contrastada:

«My unprovable hypothesis is that obsessive upgrading and chronic stagnation are intimately related, in the same way that erotic fantasies are related to sexual repression. The fetish that surrounds Google Glass [… grows ever more hysterical as the economic status of the majority of Americans remains flat. When things don’t work in the realm of stuff, people turn to the realm of bits».

En un artículo en la misma línea en el New York Times, el tecno-realista (algunos dirán que tecno-escéptico) E. Morozov ofrece una interpretación complementaria, parafraseando el conocido refrán «Cuando uno tiene un martillo, todo lo que ve son clavos«:
«Given Silicon Valley’s digital hammers, all problems start looking like nails, and all solutions like apps«.

Intuyo que en Silicon Valley no estarán de acuerdo. Pero su fundamentalismo tecnológico empieza a verse cuestionado incluso desde los Estados Unidos. Un articulista de Forbes avisaba hace poco de que «the Silicon Valley hype machine is unbelievable, and you really have to be careful about what you read«. En la misma línea, pero esta vez en clave europea, PressEurope se refería hace poco a la «ideología californiana» que, con argumentos (débiles) como los que esgrime Kevin Kelly, intenta deslumbrarnos con imágenes futuristas para ocultar una ideología neoliberalista subyacente.

Nada nuevo en el fondo; la historia se repite. Porque la historia demuestra que la tecnología y los artefactos tecnológicos se  han impregnado e impregnan de ideología y política.

Creo que nos convendría prestar menos atención a Silicon Valley (también a los ilustrados-TIC que les hacen de voceros) y más a otras alternativas. Porque su ideología y su política no generan, ni siquiera localmente, las condiciones idóneas para vivir. O prestarle, en todo caso, una atención lenta, como la que propugna Delayed Gratification, la revista de ‘periodismo lento‘ que acabo de recibir (en papel, por supuesto) y que me dispongo a saborear,  durante estos días de asueto.

Que los disfrutéis con salud.

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¿Emular al Silicon Valley?

En su reciente charla en el ITF en Barcelona, Regis McKenna, explicó cómo llegó a convertirse en uno de los pioneros de Silicon Valley. Se formó en Pittsburgh, bautizada como ‘The Iron City’ o ‘The Steel City’, sede de acerías y una de las ciudades de EEUU más representativas como sede de las «industrias pesadas» de la era industrial.

La historia de la ciudad relata cómo tuvieron allí su base algunos de los industrialistas legendarios de los EEUU, como Andrew Carnegie y Andrew Mellon. Personajes que no se limitaron a acumular fortunas también legendarias, sino que dejaron también su huella creando instituciones como la Carnegie-Mellon Universitity. Todavía hoy, cuando hace décadas que EEUU dejó de ser un país de referencia en la producción mundial de acero (ahora es la India), el equipo de fútbol americano de la ciudad se sigue denominando como los Pittsburgh Steelers.

silicon_valley_224189g.jpgCuando Regis McKenna se trasladó desde Pittsburgh hasta las cercanías de Stanford a mediados de los 60, la tecnología del silicio estaba aún en sus principios, y el Silicon Valley era todavía sólo un valle. Pero él explicaba en Barcelona que en esa época ya se veía que la industria del acero en Pittsburgh había dejado atrás sus mejores momentos. Y los jóvenes que buscaban ser parte, o incluso protagonistas, de un relato vital de pioneros, abandonaban una ciudad de herencia industrial para ubicarse cerca del mar, en los espacios mucho más abiertos de California.

El resto es historia, y ya está escrita. El personaje en cuestión colaboró en el despegue de las empresas (National Semiconductor, Intel, Silicon Graphics) que catalizaron la explosión de la industria del silicio. Una industria que convirtió un valle en ‘el’ Silicon Valley y que todavía hoy, aún con la emergencia posterior en la misma zona, de industrias del hardware, del software y de Internet, continúa siendo uno de los núcleos principales de la actividad emprendedora y de I+D de la zona.

Cuando McKenna finalizó su charla recomendando «don’y try to emulate (the Valley): cooperate» me vino a la memoria un programa del Canal 33 de hace unos años en el que, en presencia de Manuel Campo Vidal, Pasqual Maragall proponía que Cataluña aspirara a convertirse en el «Silicon Valley del sur de Europa«, mientras Manuel Castells le contradecía sugiriendo como preferible el objetivo de llegar a ser «la Finlandia del Mediterráneo«.

curvedrdsign.jpgMe imaginé entonces intentando construir un relato de cómo un conjunto de jóvenes emprendedores y ambiciosos, nacidos y formados en los lugares en los que se construyó la sociedad industrial en Cataluña (el Poble Nou, el Vallés, donde fuera) emigraban buscando su porvenir hacia los lugares en que se gestarían y nuclearían los proyectos de futuro de Cataluña.

Pero no conseguí completar ese relato. Los que imaginé emigrando hacia la costa encontraban, más que espacios abiertos, cinturones de urbanizaciones y hoteles destinados al ocio y/o al turismo. Los que emigraban al interior no encontraban Universidades y/o centros de investigación en donde se estuviera construyendo el futuro. Los que se quedaban en Barcelona y miraban hacia el 22@, …

En fin. Seguro que el problema es que mi imaginación es más bien limitada, por lo que no pierdo la esperanza de que alguno de los lectores tendrá a bien ayudarme a construir ese relato, a escribirlo y a difundirlo.

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