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Algo más que un juego de palabras

Coinciden en mi conciencia dos piezas sobre ‘mendigos’:

  • Una pieza (“Mendigos“) en la última página de El País, acerca de que algunos Ayuntamientos españoles aplican una medida para acabar con la mendicidad, que consiste en imponer una multa de varios cientos de euros a quienes la practican.
  • La viñeta de The New Yorker que copio a continuación.

Crowdfunding beggarsComo todas las buenas viñetas, ésta del New Yorker es acerada y abierta a más de una lectura. Su punto de partida es obvio: el crowdfunding está de moda. Y, lo que es poco habitual en estos tiempos tan dados a la crítica destructiva, no recuerdo haber escuchado ninguna en su contra.

Con todo, puedo imaginar comentarios de tono muy diverso a esta viñeta:

  • Ilusos” – dijo el de la cartera, que pasaba por ahí. “Os podéis cambiar el nombre, pero seguís siendo unos pringaos“.
  • Buena idea” – dijo el otro de la gorra. “Pero mejor pongamos un cartel, porque si pasa un guardia igual nos pone una multa por mendigos“.
  • Otros que no se enteran” –  escribió un ilustrado-TIC en su blog – “¿Cómo haríamos entender a estos inmigrantes digitales que no están en Internet, no existen? Si hubieran pasado por mi MBA …”.
  • El crowdfunding sólo es guay si se hace en Internet” – comentó otro – “La mendicidad en la esquina es otra cosa, desagradable además. No nos confundamos”.
  • Por una módica cuota” – escribió en otro blog un aspirante a community manager – “les consigo followers y les cuelgo en Goteo“.
  • Muy buena la viñeta” – escribió un fan de Morozov – “El crowdfunding es un ejemplo del solucionismo que impulsa el nuevo espíritu del nuevo capitalismo que impulsa el Internet para Todo. Una herramienta para que la gente busque soluciones particulares a las contradicciones del sistema, pero sin cuestionar el sistema.”

Un ejemplo perverso de re-framing à la Lakoff, diría yo.

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La imaginación de los programadores era insuficiente

Blog 2013.014

Hoy me ha interesado

… el comentario de Richard Sennet, en su último (y recomendable) libro, acerca de su experiencia (negativa) usando Google Wave en un proyecto de discusión sobre fenómenos de emigración en el Reino Unido.

He colgado en mi tablero algunas de las observaciones de Sennet, que no precisan demasiado comentario.

Destacaría sólo, para retomar el tema en próximas entradas, sus conclusiones sobre la falta de imaginación de los programadores de Wave y sobre la dificultad de realizar intercambios sociales completos con instrumentos diseñados por ingenieros. La primera apunta a la necesidad de pasar de la formación en STEM (Science, Technology, Engineering and Math) al promoción de competencias en STEAM (con el añadido de las  Artes). La segunda, a la oportunidad de desarrollar talento de social hackers, que sepan desarrollar y utilizar las tecnologías a partir de una aproximación sensata a los objetivos sociales.

Hasta la próxima.

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SMART no es lo mismo que inteligente

SMARTHoy me ha interesado

reflexionar acerca de la traducción de ‘smart’ por ‘inteligente‘, habitual en la prensa tecnológica y entre los ilustrados-TIC.

Constato, para empezar, que en las versiones online de los diccionarios de Oxford y Collins (supongo que no sólo en esos dos), ‘smart‘ no es sinónimo de inteligente. Como adjetivo, es equivalente a (Oxford)

(of a person) clean, tidy, and well dressed:you look very smart
(of clothes) attractively neat and stylish:a smart blue skirt
(of an object) bright and fresh in appearance:a smart green van
(of a place) fashionable and upmarket:a smart restaurant

Me encaja. Cuando para una fiesta o una reunión indican que el ‘dress code‘ es ‘smart casual‘ no están pidiendo que lleves ropa informal e inteligente.

En la misma línea, estaría de acuerdo en que un ‘smartphone‘ es un teléfono con todas las cualidades que el Oxford atribuye al calificativo ‘smart‘. Pero que no es inteligente, porque sólo es capaz de hacer aquello para lo que está programado. No tiene la capacidad de sorprender. Es útil, por supuesto, pero aburrido.

Aún más en la misma línea, me atrevería a aventurar que ninguno de los ‘smart watches‘ que según parece preparan (por lo menos) Apple, Google y Samsung será inteligente. De hecho, si los pronósticos sobre su apariencia son acertados, creo que serán incluso menos ‘smart’ (en el sentido Oxford) que los IWC o Longines que atesoro.

En el fondo, lo que me preocupa de este asunto es que a fuerza de atribuir inteligencia a lo que como mucho es sólo ‘smart’ se esté socavando la esencia de la propia inteligencia. Más preocupante aún me resulta la intuición, apuntada por autores como Jaron Lanier o Fred Turner, de que la promoción de este equívoco no sea casual, sino la manifestación de una estrategia (nada casual ni desinteresada) de presentar a las (capacidades de las) personas como obsoletas para que así los ordenadores parezcan más avanzados.

Porque, como comentaba en una entrada anterior,  la historia demuestra que la tecnología y los artefactos tecnológicos se impregnan de ideología. En concreto, resulta cada vez más evidente que los ciberlibertarios que más proclaman las virtudes liberadoras de la tecnología están más próximos a la ideología del neocapitalismo asocial que a lo que en un tiempo fueron posiciones de izquierda.

Cito de una obra reciente:

A pesar de la retórica revolucionaria y transformacional que rodea el desarrollo de las infraestructuras de información en red, en la práctica es tan probable que refuercen como que desestabilicen el orden instituciones existente”.

Será cuestión de andarse con cuidado.

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