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Internet: No es útil envidiar a trozos

El comentario de Ismael a mi entrada anterior, preguntando sobre el tráfico de Internet en Corea o Japón me impulsa a compartir un dato del último informe de Point Topic sobre el panorama mundial de la banda ancha.

blog_090425La gráfica muestra el reparto geográfico por regiones de las líneas de fibra óptica para el acceso a Internex (FTTx = Fiber To The x, con x = Home, Curb, etc.). Se observa claramente que son los países asiáticos los que, de muy lejos, están invirtiendo más intensamente en estas nuevas infraestructuras de banda ancha.

¿Podemos tomar esos países como la referencia a emular?

Difícilmente. Sobre todo, porque las inversiones en infraestructuras de telecomunicaciones tienen que entenderse como parte de una estrategia de país. Que, como mínimo en el caso de Corea y Japón, incluye su apuesta por los mercados mundiales de electrónica de consumo. Las redes de banda ancha ayudan en esos países a crear anticipadamente el mercado doméstico en el que lanzar y probar los productos que luego escalan al mercado global.

Copiar a trozos sirve de poco. Menos aún envidiar a trozos. Estoy convencido de que muchos de los ‘ilustrados-TIC‘ que reclaman para aquí el Internet de Japón o de Corea no se mudarían a esos países. De otra parte, los que no se cansan de insistir sobre el efecto multiplicador de las inversiones en infraestructuras de banda ancha podrían hacernos el favor de explicarnos en detalle cómo ese efecto (no) se ha dado en la economía del Japón, por ejemplo. Gracias anticipadas.

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La mayor fractura digital es la mental

Circula estos días un documento de la Generalitat de Cataluña con las «Bases del pacto nacional para las infraestructuras«. Que incluye referencias a las telecomunicaciones, pero como una «arrière pensée«, como si se hubieran incluido a toda prisa para corregir un olvido.

El epígrafe «Fundamentos del Pacto …» se inicia señalando que las infraestructuras son importantes para cuatro objetivos fundamentales:

  1. Creación de riqueza
  2. Desarrollo sostenible
  3. Cohesión social y territorial
  4. Calidad de vida y bienestar de la ciudadanía.

Pero las telecomunicaciones apenas si aparecen en el desarrollo de esos puntos. Se menciona, por ejemplo, que:

«Para hacer posible la mejora de la competitividad, es imprescindible que las nuevas infraestructuras ayuden a reducir la intensidad energética del PIB y las emisiones de gases de efecto invernadero. Estas reducciones se conseguirán, entre otros criterios, con el cambio del modelo de movilidad fomentando al máximo el transporte colectivo de las personas y el transporte ferroviario de las mercancías».

Pero no hay referencias al potencial del uso de las telecomunicaciones como sustitutivo del transporte. No es un lapsus puntual. Al final de la misma sección se establece que:

«El crecimiento económico, la cohesión territorial y social, la igualdad de oportunidades, la conservación del territorio y el paisaje, adquieren toda su dimensión cuando se orientan a la mejora de la calidad de vida y el bienestar de la ciudadanía. Asegurar los suministros energéticos y de agua, garantizar la movilidad de las personas, dotarlas de transporte público, son imprescindibles para la calidad de vida».

Sin más. Omisión total de las telecomunicaciones, punto final.

Algo habría que hacer, algo drástico, para incorporar las TIC a los ‘marcos mentales‘ de nuestros dirigentes.

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Disparidades sobre las políticas de red

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El País de hace unos días, bajo el titular de la figura, anunciaba que :

La Generalitat se dispone a discutir una proposición de ley para desplazar a Red Eléctrica Española de la red de transporte en las ciudades catalanas tras la crisis de julio

El Consell Executiu de la Generalitat aprobó una proposición de ley que, según El País, «permitirá la expulsión de Red Eléctrica de las grandes ciudades catalanas. Establece que la red eléctrica tiene que estar mallada, es decir, que cada centro de transformación dentro de la ciudad debe estar conectado al menos por tres puntos. Pero también, y esto es lo importante, que los cables eléctricos soterrados de 220 kilovatios que transiten por municipios con más de 20.000 suministros y sus instalaciones subsidiarias (hoy de REE) serán titularidad de las empresas distribuidoras (es decir, de Endesa)».

Lo traigo a colación porque estas semanas se está debatiendo en Europa si se obliga a algunas operadoras de telecomunicaciones a la separación funcional de sus redes y servicios. Algo que en lenguaje comercial corriente, sería la separación funcional entre la organización que presta servicios al mayor y la que vende directamente a clientes finales. Parece ser que la idea es que romper la integración vertical de los operadores tradicionales sería beneficiosa para la competencia en el sector de telecomunicaciones.

Lo curioso del caso es que precisamente la separación, en este caso estructural, de las redes eléctricas de alta tensión de las redes de distribución tenía también este objetivo. Aunque, en el caso del gran apagón del pasado verano en Barcelona, esta separación fue justamente la que permitió que Endesa y Red Eléctrica atribuyeran cada una la responsabilidad a la otra parte.

La propuesta de la Generalitat, modificando los límites de esa separación de redes, podría interpretarse, me parece a mí, como el deseo de primar la responsabilidad y la eficiencia por encima de la competencia.

Cuando se habla ahora de la separación funcional en las redes de telecomunicaciones, o cuando se propone (sin consenso todavía) concentrar en un único operador la responsabilidad de las inversiones en las nuevas redes de fibra óptica, separando también los roles del operador de infraestructuras y de los distribuidores, sería tal vez razonable tener en mente la propuesta de la Generalitat y el incidente del apagón que la propició.

Sobre todo entre los que hacen, creo que demasiado a la ligera, analogías directas entre las infraestructuras de telecomunicaciones y las de energía o de transporte.

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¿Hay consenso sobre la necesidad de renovar «la» red de telecomunicaciones fijas?

Primera entrega en el intento de desbrozar la cuestión de la ideología de las infraestructuras enunciada en un ‘post’ anterior. Empezaré analizando  la pregunta del titular.

Propongo una primera definición (para no expertos) de esa necesidad, genérica e incompleta, pero quizá suficiente por el momento:

La(s) red(es) de comunicaciones fijas (la red telefónica convencional y las redes de cable) son hoy por hoy la principal infraestructura para conectarse a Internet.

Los internautas (cada internauta) utilizan cada vez un ancho de banda mayor (más megas, en la jerga comercial).

Hay un límite (digamos de entre 10 y 25 megas) en el ancho de banda que puede sostener el hilo de cobre de la red telefónica. (El límite es mayor en el hilo coaxial en el que terminan las redes de cable).

Por tanto, es necesario renovar la red (por lo menos la red telefónica), cambiando los hilos de cobre por fibra óptica. Un cambio que, dicho sea de paso, requiere una inversión valorada en miles de millones de euros.

Supongamos que todo ésto suena razonable hasta aquí.

¿Cuál es el grado de «consenso» que existe al respecto?

Non tan grande, me temo. De entrada, la mitad de la población no se conecta regularmente a Internet, según parece porque no le interesa lo suficiente. Parece pues razonable concluir que no participan (todavía) del consenso en cuestión.

Otro dato en el mismo sentido. Sólo aproximadamente un tercio de los hogares españoles han contratado una conexión de banda ancha, cuando más del 90% podría hacerlo. Idéntica conclusión.

Aún más. Según parece, una muy pequeña proporción (menor del 10%) de los internautas utiliza la mayor parte de la capacidad de la red (más del 80%). Por tanto, el «consenso» actual incluiría como mucho al 5% de la población (el 10% del 50%).

Propondría pues reformar la frase de partida en la línea de:

Un colectivo del orden 5% de la población podría estar de acuerdo en la necesidad de que se inviertan varios miles de millones de euros en renovar la red telefónica fija.

Me temo que incluso esa aseveración sería optimista. Porque no todos los internautas que componen ese 5% pueden tener formada una opinión al respecto de la cuestión planteada.Y porque algunos de ellos podrían tener otras prioridades (p.e. el acceso a la vivienda) en cuanto al destino de esas inversiones.

Admitiré que no he sido muy riguroso en el razonamiento. Pero supongo que la idea está clara.

Ah! Es posible que todo mi razonamiento sea irrelevante, si es que lo que se pretendía decir es que:

Hay un consenso entre los expertos en la necesidad de renovar la(s) red(es) de telecomunicaciones fijas.

Quizá, o quizá no. Porque quizá los propietarios de la red de cable dirían que la suya no lo necesita tanto. En cualquier caso, puestos a defender una inversión de miles de millones, la opinión de un (pequeño) colectivo de expertos, especialmente si resultara que lo lideraran los profesionales a los que contrataría quien invirtiera esa cantidad, no es exactamente lo mismo que un consenso social.

Para acabar y que no queden dudas. Mi opinión es qué sí es en efecto necesario renovar las redes de telecomunicaciones fijas. Pero también que no hay ni mucho menos un consenso sobre la prioridad, los plazos, el alcance y la forma de llevar a cabo esa renovación.

Suficiente por hoy. Continuará.

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Ideología de las infraestructuras (1)

De vuelta a la cuestión planteada en el ‘post’ anterior, sobre la ideología subyacente a determinadas aseveraciones sobre las infraestructuras de telecomunicaciones, que se presentan como objetivas o neutrales, pero que no lo son (Como tampoco es objetivo este espacio, ni lo pretende).

Desde un punto de vista puramente formal, la aseveración que nos ocupa podría descomponerse para su análisis en fragmentos como los siguientes (hemos puesto en cursivas las que consideramos palabras clave, y en formato indentado las cuestiones en las que proponemos profundizar en entregas sucesivas):

(1) Entendiendo que hay consenso

¿En qué ámbitos? ¿Entre qué colectivos?

(2) en la necesidad de renovar la red de telecomunicaciones fijas

¿Cuál es la red a la que se hace referencia? Hay más de una red de telecomunicaciones fijas.

¿Cuál es la necesidad de renovar? ¿Con qué criterios? ¿Con qué objetivos?

Una red tiene varios componentes (acceso, troncal, infraestructura física, electrónica, sistemas de gestión, etc.). ¿Cuál o cualés son los elementos a renovar?

(3) creemos que hay que corregir el proceso de liberalización

¿Cuál es la valoración desde la que se deduce la conveniencia de corregir? ¿Con qué objetivos?

(4) para garantizar esta renovación […]

¿Cómo se argumenta que corregir la liberalización garantice la renovación de la(s) red(es)?

¿No se han renovado la(s) red(es) incluso dentro del marco de liberalización actual?

(5) El debate (Ver (1)) se centra en determinar cuáles son las decisiones que hay que tomar para conseguir este objetivo […]

¿Qué objetivo? Si es el de renovación, ¿con qué criterios? ¿en qué plazos?

(6) Disponer o no de infraestructuras avanzadas

Avanzadas, ¿con respecto a qué?

(7) sitúa al territorio en posiciones diferentes en el entorno de competencia entre regiones en que nos movemos,

¿Hay datos empíricos que justifiquen esa aseveración? ¿Al respecto de qué infraestructuras?

(8) del mismo modo que sucede con otras infraestructuras.

Las situaciones y los argumentarios en boga al respecto de las infraestructuras de transporte en Cataluña, ¿pueden trasladarse «del mismo modo» a las de telecomunicaciones? ¿Tienen las mismas connotaciones?

(9) Hace falta pues un liderazgo político

¿Por qué político? ¿Sólo político? ¿Por qué no empresarial?

(10) que sin distorsionar el marco de competencia

¿Qué marco de competencia? ¿El actual? ¿El establecido por el proceso de liberalización que se propone revisar (3))?

(11) establezca como prioridad la implantación de

¿Prioridad frente a qué? ¿Frente a otras medidas para el impulso de la economía?¿De la sociedad de la información?

(12)  nuevas redes.

¿Renovar la red (2) para implantar nuevaS redes? ¿O sólo una nueva red? ¿Qué elementos de red?

Mucha tela que cortar. Seguirá en una próxima entrega.

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Un (nuevo) marco mental para las infraestructuras

El último número de la revista del Colegio de Ingenieros de Telecomunicación de Cataluña incluye una entrevista a un disintiguido miembro de la profesión, en la que éste hace una serie de manifestaciones que pienso no deberían pasar desapercibidas. Ni aceptarse sin ser como mínimo debatidas. Cito literalmente:

Entendiendo que hay consenso en la necesidad de renovar la red de telecomunicaciones fijas, creemos que hay que corregir el proceso de liberalización para garantizar esta renovación […] El debate se centra en determinar cuáles son las decisiones que hay que tomar para conseguir este objetivo […] Disponer o no de infraestructuras avanzadas sitúa al territorio en posiciones diferentes en el entorno de competencia entre regiones en que nos movemos, del mismo modo que sucede con otras infraestructuras. Hace falta pues un liderazgo político que sin distorsionar el marco de competencia establezca como prioridad la implantación de nuevas redes.

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Lo que me parece más destacable y potencialmente peligroso de estas opiniones es que se presentan como indiscutibles aseveraciones que son inequívocamente de carácter ideológico, entendiendo ideología en el sentido que le daba Louis Dumont,

«Llamo ideología al conjunto de ideas y valores comunes en una sociedad»

«Los elementos de base de una ideología permanecen casi siempre implícitos»

Como en todos los sistemas de razonamiento, si las premisas de partida, en este caso la ideología subyacente, resultan no ser adecuadas, las consecuencias que de ellas se deriven no serán válidas. La dificultad es que debatir o rebatir las conclusiones exige desvelar, debatir y rebatir primero los presupuestos ideológicos, algo que es precisamente lo que en muchos casos se pretende evitar. Y que nunca es tarea fácil porque, como enseñan los manuales de negociación, los verdaderos principios son innegociables.

Cuando, además, las manifestaciones ideológicas se utilizan, como en esta ocasión, para reclamar una actuación política en una determinada dirección (excluyendo otras), el peligro, y por tanto la urgencia del debate de fondo, es mayor.

Intentaré, por tanto, desbrozar en ‘post’ sucesivos más a fondo esta cuestión. Stay tuned.

P.S. Recuerdo, de mis años de estudiante en MIT, haber escuchado en directo a Noam Chomsky comentar lo sesgado del debate aparemente sanguinario entre ‘halcones’ (que defendían usar armas nucleares en Vietnam) y ‘palomas’ (que sostenían que el napalm era suficiente). Un debate que no ponía en tela de juicio la cuestión de fondo, que era el derecho (o no) de EEUU de intervenir en Vietnam. Sé que es un ejemplo extremo, pero espero que sirva para explicar mejor mis intenciones.

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Superar la fase de infraestructuras

Durante los últimos años se ha consolidado de forma tácita en nuestro entorno un discurso que sostenía que la estrategia económica para el futuro de Cataluña ha de abordar dos cuestiones en paralelo: Recuperar el déficit acumulado en las infraestructuras propias de la sociedad industrial y acometer la transformación de la base económica del país para responder a los retos de la economía del conocimiento.

En la práctica, los objetivos relativos a las infraestructuras, que acabaron enmarcándose en el impulso al Estatut y un nuevo acuerdo de financiación, han acabado por eclipsar casi por completo a los relacionados con la competitividad en la sociedad de la información y el conocimiento.

Todos podemos ahora recitar de memoria los grandes proyectos de infraestructuras físicas que se consideran necesarios para Cataluña: Aeropuerto, tren de alta velocidad, cercanías, puerto, cuarto cinturón, etc. Pero la definición de la estrategia de futuro de Cataluña en la sociedad del conocimiento está todavía pendiente. Ni la sociedad civil ni las Administraciones han asumido aún un liderazgo visible en esta materia. Los proyectos en base a los que construir una Cataluña competitiva en la sociedad global de la información están aún por definir, por consensuar y por planificar.

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Este desequilibrio se ha hecho más patente durante estos últimos días, una vez cerrado el acuerdo sobre la financiación del Estatut. La pregunta y respuesta planteada por los titulares de del pasado 23/09 que aquí se reproducen se explica por sí sola.

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No creo que el diario haya preguntado a una representación suficiente de la sociedad civil. Pero sí es cierto que sólo uno de los diez representantes de patronales y sindicatos a que plantea la cuestión, el Secretario General de Cecot, menciona en su respuesta la innovación y la sociedad del conocimiento.

Un síntoma más, no es el primero, de que una buena parte de los estamentos directivos de nuestra sociedad están instalados en la «fractura digital estratégica«. Piensan en clave de economía industrial, pero todavía no en clave de economía del conocimiento. No han incorporado todavía las TIC a sus mapas mentales de futuro.

Algo tendríamos que hacer. Qué y cómo es otra cuestión.

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Anillos o redes?

Hace un par semanas se presentaba en Barcelona el proyecto «Anella Cultural» (Anillo Cultural), cuyo objetivo primordial es promover el intercambio de contenidos culturales por medio de la conexión en banda ancha de diversos equipamientos culturales de Cataluña.

Un objetivo que el Conseller de Cultura de la Generalitat ha calificado de «estratégico«, ya que «facilita incorporar el mundo cultural a la era digital y explorar nuevos lenguajes«. Una manifestación que implícitamente viene a admitir que el mundo cultural (sobre todo el más tradicional) no ha decidido todavía apuntarse con plenas consecuencias a la era digital, que en su mayoría está aún por superar la «fractura digital estratégica».

Eso ya era en parte evidente, porque de otro modo la industria cultural hubiera sabido reaccionar al fenómeno digital con estrategias más inteligentes que la de un «canon digital» indiscriminado. Cuyo único objetivo, o por lo menos el único que consigo percibir, es cobrar a quien compra artefactos tecnológicos por la «posibilidad» de hacer copias ilegales, aunque no tenga ni siquiera intención de hacerlas. En otras palabras, cobrar por el progreso tecnológico de los demás en lugar de asumirlo.

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