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Por una axiología de lo digital

En mi entrada anterior sobre la clasificación de personas en ‘aliens’, ‘nativos digitales’, ‘inmigrantes digitales’ y demás, cuestionaba que se utilice, conscientemente o no, de forma valorativa. Como si ser ‘alien’ fuera peor que ser ‘nativo’ o ‘avatar’.  Como si lo único que se pudiera hacer con los ‘aliens’ fuera  compadecerlos de palabra y dejarlos por imposibles, pobrecillos, a su suerte.

En sus comentarios, Genís Roca y Pau Jané apuntan, creo que correctamente, a que la habilidad en el uso de las TIC no debiera ser el único criterio de clasificación; y mucho menos de valoración.

Un blog no es probablemente el medio más adecuado para desbrozar y esbozar una radiografía de las características relevantes de cada los grupos que nos ocupan. Algo que exigiría en cualquier caso un trabajo serio de sociología (como en el informe PIC de la UOC/IN3 o en “La guerra de las pantallas” de Imma Tubella).

He intentado así y todo esbozar en mi pizarra, a modo de sugerencia, un apunte de lo que se podría hacer: cruzar la habilidad digital con otras habilidades humanas y/o sociales relevantes. De acuerdo con Pau, por ejemplo, sospecho que uno de los rasgos de los ‘nativos digitales’ es que son objetivos de marketing; incluso cuando crean tendencias que luego otros producen y ellos consumen. Otro ejemplo: los nativos y avatares  que se agrupan en una telaraña de redes sociales, ¿son líderes o gregarios? ¿Dónde encontramos más líderes? ¿Entre los avatares, entre los nativos, entre los aliens, …?

Hay, obviamente, muchos más criterios a considerar para confeccionar el cuadro, pero se salen de la pizarra. Y después hay que rellenarla. Habrá de ser en otra ocasión.

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Esos no lo pillan

En su ponencia en las recientes jornadas de Sociedad Red en Barcelona, Carlos Domingo mencionó una especie de taxonomía (propuesta inicialmente por Marc Prenski) para caracterizar personas según su grupo de edad y su intensidad en el uso de la Red. La reproduzco en inglés, porque los matices del lenguaje son significativos:

  • Digital avatars, born in the 21st century, live mostly in the online world and have lots of virtual relationships and communications.
  • Digital natives, from the 80’s, have lived with technology all their lives;they live in hybrid worlds partly online party offline.
  • Digital adaptives, born in the 70’s, entered the technology world at an early stage.
  • Baby boomers are digital immigrants, foreign to the technology world but adapting to it as they enter adulthood.
  • Older people are digital aliens, complete foreigners to technology.

Esta clasificación me incomoda. En primer lugar, porque es incompleta; por edad soy un ‘alien’, pero llevo utilizando ordenadores hace 30 años. ¿Dónde me sitúan?

Es una clasificación discutible también en la forma y en la intención. En la forma, porque el lenguaje que se utiliza tiene resonancias peyorativas; el calificativo ‘alien‘ no es precisamente cariñoso. Es además displicente: ‘aliens’ son los ‘extraños‘ que vienen de fuera, recién llegados. En el mundo real, en el que la mitad de la población española no se conecta a Internet ni siquiera una vez al mes,  los genuinos aliens son los ‘avatares’.

Hay más. Por ejemplo: si los ‘emigrantes‘ se han de adaptar a la tecnología, será porque la tecnología no está adaptada a ellos, que en teoría son los clientes. ¿Cuál es o tendría que ser el orden de precedencia?

Podríamos además profundizar en la axiología de esta clasificación: Pero será en una próxima ocasión.

P.S. La imagen de la figura es un antiguo mapa de Cataluña, en el que para facilitar la interpretación he señalado Barcelona y Tarragona. ¿A que nos parece hecho al revés? Lo que ocurre es que para el francés que lo dibujó, París era el centro del mundo.

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¿Es el proyecto el ingrediente más escaso?

Continúo con la reflexión del ‘post anterior‘ y las de los comentarios suscitados (Gracias, Genís y Mercè). Supongamos que tendríamos un acuerdo de mínimos en los siguientes términos:

  • Hoy por hoy, no parece razonable concebir el progreso (económico, social, …) sin aprovechar las posibilidades de las tecnologías de la información y la comunicación (las TIC).
  • Pero las TIC no generan sociedad ni progreso en sí mismas. Son las prácticas de uso de las personas o los grupos sociales que utilizan las TIC las que les dan sentido.

Sabemos, además que utilizan más intensamente Internet quienes tienen mayor interés en hacerlo, por el motivo que sea. Muchas Administraciones públicas españolas, por ejemplo, son ejemplarmente eficientes en el uso de Internet para facilitar la recaudación de impuestos y el pago de multas. Pero ha hecho falta una Ley para que esas mismas administraciones se obliguen a admitir la relación electrónica con los ciudadanos en los trámites que éstos elijan.

Otro ejemplo. Como Internet permite la comunicación anónima, es inevitable que atraiga también a quienes tienen interés en actuar anónimamente. Por ejemplo, a los delincuentes y los terroristas; a los interesados en acceder pornografía o difundirla. También, desde luego, a los cotillas; a los que desean buscar pareja discretamente; a los que quieran consultar información u obtener consejos de naturaleza reservada, quizá sobre un problema de salud o de adicción.

Podría seguir, pero supongo que la idea está ya clara. Las personas y las sociedades utilizan Internet y las nuevas tecnologías, según sus intereses, actitudes, valores y disposiciones. Las tecnologías no tienen valores; los adquieren. No determinan la sociedad en una dirección concreta; se adoptan y adaptan en tantos sentidos como la heterogeneidad de la sociedad admite.

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Con vistas a impulsar “nuestra” sociedad de la información y del conocimiento (por llamarla de algún modo), propongo reflexionar sobre cómo reflejar propuestas estructuradas sobre el esquema del cuadro adjunto (o de cualquier mejora que se quiera proponer). La idea central es que cualquier propuesta sobre un ‘referente tecnológico‘ (la banda ancha, Internet móvil, …) vaya acompañada de una visualización de las ‘prácticas informacionales‘ que se considera proponer. Y que esas prácticas, que suponen gente actuando, invirtiendo tiempo, esfuerzo y/o dinero, tengan un encaje en un proyecto que se pueda explicar y gestionar.

Mi convicción (provisional) es que en el proyecto está la clave, y que de hecho éste es el componente más escaso en nuestro entorno:

  • Porque se da una ‘fractura digital‘ en las estrategias de muchos de los líderes políticos y de los estamentos sociales de mayor influencia. Una fractura que se manifiesta en la dificultad de integrar explícitamente las TIC en los proyectos que lideran o proponen.
  • Pero, al mismo tiempo, creo que hay déficit de proyecto en las propuestas de la mayoría de los “ilustrados-TIC” que reclaman con mayor energía un uso más intenso de las tecnologías.

Volviendo, por ejemplo, a la carta abierta que suscita este serie de ‘posts’, contiene una afirmación que podríamos compartir:

Las decisiones que presidentes y consejeros delegados vais a tomar en el corto plazo nos pueden enviar al furgón de cola de la economía del conocimiento si no toman en consideración la profundidad de la revolución que significa la sociedad en red“.

Pero no me parece de recibo que no vaya acompañada de como mínimo una propuesta concreta de una actuación que pudiera incorporarnos al grupo de cabeza de la economía del conocimiento.

Postulo, por tanto, abierto a debate, sugerencias y comentarios, que hay un déficit de proyecto, materializado en la dificultad de muchos de “rellenar el formulario” de un modo convincente. Algunos tendrían proyecto, pero dificultades para incluir en él las tecnologías y las prácticas informacionales. Otros viven instalados en las tecnologías y algunas prácticas informacionales, pero no parecen en condiciones de articular un proyecto coherente y convincente.

Lo cual, quede claro, no expongo como una crítica, sino como una reflexión que también me afecta. Y que continuará.

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Las TIC nos acercan a Harry Potter

En un artículo publicado en el Financial Times el pasado Lunes, el presidente de una consultoría tecnológica se preguntaba “¿Hasta dónde pueden llegar los servicios basados en el teléfono (móvil)?

Si recomiendo su lectura no es porque su razonamiento me parezca especialmente acertado. Sino justamente porque considero que es una muestra excelente de un vicio demasiado habital entre muchos devotos de la tecnología:

Presentar la tecnología como una solución en busca de problemas.

Dar por sentado que “la tecnología está disponible” equivale a “hay que utilizarla“.

Adoptando la perspectiva opuesta, mirando desde la sociedad hacia la tecnología, creo la pregunta relevante sería más bien:

¿Hasta donde queremos que lleguen (o conviene que lleguen) los servicios basados en el teléfono móvil?

Es cierto que una buena parte, quizá la mayoría de los colectivos “socialmente determinantes” tienen dificultades en integrar las tecnologías en sus proyectos de futuro (en otras ocasiones he denominado a este fenómeno como una fractura digital estratégica).

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Pero me parece igualmente cierto que sería irresponsable dejar las imágenes y planes sobre el futuro de la sociedad en manos de una buena parte de los apasionados (cuando no fanáticos) de la tecnología.

Langdon Winner, una de las autoridades en el campo de las relaciones entre ciencia, tecnología y sociedad, escribió sobre este asunto (ya antes de Internet y los móviles) que:

Se busca en vano en los promotores y agitadores del campo de los ordenadores las cualidades del conocimiento social y político que caracterizaban a los revolucionarios del pasado […] En todo aspecto, la evolución de los ordenadores es claramente silenciosa respecto de sus propios fines”.

Algo que puede seguramente aplicarse a muchos de los que, como el articulista del Financial Times y más de un experto en las TIC, proclaman las virtudes de la revolución de las tecnologías.

Porque (tomándome la libertad de parafrasear a otro blogger)

Todavía hay muchos problemas que los ordenadores no pueden solucionar, pero casi ninguno que no puedan crear.

Como anécdota final, me pareció interesante que el articulista del Financial Times resaltara las ventajas de poner un GPS en el móvil (útil para los desorientados) a la vez que apuntaba que sería aún más interesante poder ver en un mapa las posiciones de aquellos a quien nos interese tener controlados.

Como el “mapa del merodeador que aparece en los libros de Harry Potter, pensé yo. La tecnología ya permite, como en el cuento, tener marcos de fotos animados, posiblemente con video y sonido a no mucho tardar. Ahora parece que pronto tendremos el mapa del merodeador. Quizá lo que ocurre es que, para algunos, la misión de la industria TIC sería acercar nuestra vida a la de Harry Potter.

Por si así fuera, yo me pido prime para la “Room of Requirements” que aparece en el capítulo 18 del tomo quinto de las aventuras del joven mago. Por razones que podría explicar, pero que prefiero que cada cual imagine a su gusto.

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Pan, electrones, tecnologías, relato

En un artículo en la última página del El País del 9 de Noviembre, Juan José Millás escribe, al respecto de la huelga de guionistas de Hollywood, algo que resuena con mi sensación de “falta de relato” que tenemos en torno a nuestro futuro en la sociedad de la información (aunque no sólo sobre ese tema).

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Escribe Millás:

¿Es imaginable un mundo sin ficción? Definitivamente, no. Somos tan hijos de la carne y de la sangre como de las caperucitas rojas, de las blancanieves, de las madrastras, de los pulgarcitos, de los gatos con botas, pero también de las madames bovarys y de las anas ozores y de los raskolnikofs y de los batlebys, por no hablar de los soprano y de los fraziers, de los seinfelds, o de los doctores houses. Desde que el mundo el mundo, mientras unos amasan el pan que comemos por la mañana, otros urden las historias que devoramos por la noche. Estamos hechos de pan y de novelas.

No he podido resistir la tentación de enlazarlo con la reflexión sobre “cereales y electrones” que comentaba en un ‘post anterior‘.

Desde mi (parcial y sesgado) punto de vista, una de las carencias que tenemos para progresar mejor en la sociedad de la formación es que nos falta integrar más a fondo las tecnologías (las famosas TIC) en nuestras imágenes de futuro. Lo mismo, de pasada, les pasa a nuestros gobernantes.

Con el agravante, por lo menos para mí, que las versiones que nos intentan vender los tecno-utópicos, los “ilustrados” de las TIC, suenan muchas veces infantiles, otras a pura propaganda comercial.

Aunque, para que no quede duda, somos todos responsables de esas carencias. Como decía el poeta Martí i Pol,

Tot el que és clar en els mots és clar en la vida.

Y viceversa.

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¿Hay consenso sobre la necesidad de renovar “la” red de telecomunicaciones fijas?

Primera entrega en el intento de desbrozar la cuestión de la ideología de las infraestructuras enunciada en un ‘post’ anterior. Empezaré analizando  la pregunta del titular.

Propongo una primera definición (para no expertos) de esa necesidad, genérica e incompleta, pero quizá suficiente por el momento:

La(s) red(es) de comunicaciones fijas (la red telefónica convencional y las redes de cable) son hoy por hoy la principal infraestructura para conectarse a Internet.

Los internautas (cada internauta) utilizan cada vez un ancho de banda mayor (más megas, en la jerga comercial).

Hay un límite (digamos de entre 10 y 25 megas) en el ancho de banda que puede sostener el hilo de cobre de la red telefónica. (El límite es mayor en el hilo coaxial en el que terminan las redes de cable).

Por tanto, es necesario renovar la red (por lo menos la red telefónica), cambiando los hilos de cobre por fibra óptica. Un cambio que, dicho sea de paso, requiere una inversión valorada en miles de millones de euros.

Supongamos que todo ésto suena razonable hasta aquí.

¿Cuál es el grado de “consenso” que existe al respecto?

Non tan grande, me temo. De entrada, la mitad de la población no se conecta regularmente a Internet, según parece porque no le interesa lo suficiente. Parece pues razonable concluir que no participan (todavía) del consenso en cuestión.

Otro dato en el mismo sentido. Sólo aproximadamente un tercio de los hogares españoles han contratado una conexión de banda ancha, cuando más del 90% podría hacerlo. Idéntica conclusión.

Aún más. Según parece, una muy pequeña proporción (menor del 10%) de los internautas utiliza la mayor parte de la capacidad de la red (más del 80%). Por tanto, el “consenso” actual incluiría como mucho al 5% de la población (el 10% del 50%).

Propondría pues reformar la frase de partida en la línea de:

Un colectivo del orden 5% de la población podría estar de acuerdo en la necesidad de que se inviertan varios miles de millones de euros en renovar la red telefónica fija.

Me temo que incluso esa aseveración sería optimista. Porque no todos los internautas que componen ese 5% pueden tener formada una opinión al respecto de la cuestión planteada.Y porque algunos de ellos podrían tener otras prioridades (p.e. el acceso a la vivienda) en cuanto al destino de esas inversiones.

Admitiré que no he sido muy riguroso en el razonamiento. Pero supongo que la idea está clara.

Ah! Es posible que todo mi razonamiento sea irrelevante, si es que lo que se pretendía decir es que:

Hay un consenso entre los expertos en la necesidad de renovar la(s) red(es) de telecomunicaciones fijas.

Quizá, o quizá no. Porque quizá los propietarios de la red de cable dirían que la suya no lo necesita tanto. En cualquier caso, puestos a defender una inversión de miles de millones, la opinión de un (pequeño) colectivo de expertos, especialmente si resultara que lo lideraran los profesionales a los que contrataría quien invirtiera esa cantidad, no es exactamente lo mismo que un consenso social.

Para acabar y que no queden dudas. Mi opinión es qué sí es en efecto necesario renovar las redes de telecomunicaciones fijas. Pero también que no hay ni mucho menos un consenso sobre la prioridad, los plazos, el alcance y la forma de llevar a cabo esa renovación.

Suficiente por hoy. Continuará.

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Un (nuevo) marco mental para las infraestructuras

El último número de la revista del Colegio de Ingenieros de Telecomunicación de Cataluña incluye una entrevista a un disintiguido miembro de la profesión, en la que éste hace una serie de manifestaciones que pienso no deberían pasar desapercibidas. Ni aceptarse sin ser como mínimo debatidas. Cito literalmente:

Entendiendo que hay consenso en la necesidad de renovar la red de telecomunicaciones fijas, creemos que hay que corregir el proceso de liberalización para garantizar esta renovación […] El debate se centra en determinar cuáles son las decisiones que hay que tomar para conseguir este objetivo […] Disponer o no de infraestructuras avanzadas sitúa al territorio en posiciones diferentes en el entorno de competencia entre regiones en que nos movemos, del mismo modo que sucede con otras infraestructuras. Hace falta pues un liderazgo político que sin distorsionar el marco de competencia establezca como prioridad la implantación de nuevas redes.

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Lo que me parece más destacable y potencialmente peligroso de estas opiniones es que se presentan como indiscutibles aseveraciones que son inequívocamente de carácter ideológico, entendiendo ideología en el sentido que le daba Louis Dumont,

“Llamo ideología al conjunto de ideas y valores comunes en una sociedad”

“Los elementos de base de una ideología permanecen casi siempre implícitos”

Como en todos los sistemas de razonamiento, si las premisas de partida, en este caso la ideología subyacente, resultan no ser adecuadas, las consecuencias que de ellas se deriven no serán válidas. La dificultad es que debatir o rebatir las conclusiones exige desvelar, debatir y rebatir primero los presupuestos ideológicos, algo que es precisamente lo que en muchos casos se pretende evitar. Y que nunca es tarea fácil porque, como enseñan los manuales de negociación, los verdaderos principios son innegociables.

Cuando, además, las manifestaciones ideológicas se utilizan, como en esta ocasión, para reclamar una actuación política en una determinada dirección (excluyendo otras), el peligro, y por tanto la urgencia del debate de fondo, es mayor.

Intentaré, por tanto, desbrozar en ‘post’ sucesivos más a fondo esta cuestión. Stay tuned.

P.S. Recuerdo, de mis años de estudiante en MIT, haber escuchado en directo a Noam Chomsky comentar lo sesgado del debate aparemente sanguinario entre ‘halcones’ (que defendían usar armas nucleares en Vietnam) y ‘palomas’ (que sostenían que el napalm era suficiente). Un debate que no ponía en tela de juicio la cuestión de fondo, que era el derecho (o no) de EEUU de intervenir en Vietnam. Sé que es un ejemplo extremo, pero espero que sirva para explicar mejor mis intenciones.

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La Etica XYZ y el Espíritu de ABCD

Dos comentarios breves sobre el reciente discurso del President de la Generalitat sobre la orientación de política general en el Parlament de Cataluña.

Ni la producción ni la utilización de las Tecnologías de la Información y la Comunicación (las TIC) aparecen citadas, en los 27 folios en los que se repasa presente y futuro de la acción del Govern. (Una excepción notable es en las dotaciones para las escuelas públicas, aunque queda la duda de si los sistemas y los contenidos pedagógicos evolucionan al mismo ritmo que las dotaciones tecnológicas). Sí se hace, en cambio, referencia a la electricidad, a la biotecnología y, desde luego, a las infraestructuras de transporte físico.

Un dato no por esperado menos significativo. Que cada cual saque sus propias conclusiones.

En la misma tónica de referencia directa o indirecta a la cuestión de las tecnologías y la sociedad de la información, me ha parecido especialmente interesante la última parte del discurso, desarrollada bajo el epígrafe “Una idea de la Catalunya futura”.

Entre varios otros atributos de esa idea, me ha llamado la atención la mención del President al ideal de:

La Catalunya del treball, de l’esforç i del mèrit. Coherents amb la nostra millor tradició que ha fet del treball el principal vehicle d’integració social.

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Una línea argumental con resonancias de la obra clásica de Max Weber “La ética protestante y el espíritu del capitalismo“.

Podría ser de un interés no sólo académico indagar sobre los mecanismos o mapas mentales que hagan que esta herencia protestante y capitalista aparezca precisamente en el discurso del President. Ahí queda el reto.

Lo que yo quería resaltar es el contraste con otro manifiesto ético, “La ética hacker y el espíritu de la sociedad de la información“, del filósofo finlandés Pekka Himanen. La lista de valores de la ética hacker, la encabezan conceptos como la pasión y la creatividad; además, por supuesto, de la adopción de la praxis de la red.

Quizá la ética del hacker es demasiado finlandesa. Aunque, por otra parte, no falten quienes aboguen (sin demasiado rigor, creo yo) por que Cataluña aspire a convertirse en la Finlandia del Mediterráneo.

Pienso que en los tiempos que corren la ética protestante puede estar algo passé. Admitiré también que la ética hacker pueda resultar algo radical en nuestras coordenadas. Pero entonces,

¿Cómo rellenaríamos los huecos del título de este ‘post’ para construir una Cataluña referente en la sociedad de la información y el conocimiento?

P.S. La foto, que tiene la vaga pretensión de ser alegórica, es del empedrado del barrio antiguo de Zurich. Una buena base, seguramente, pero sin ninguna orientación de futuro.

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Superar la fase de infraestructuras

Durante los últimos años se ha consolidado de forma tácita en nuestro entorno un discurso que sostenía que la estrategia económica para el futuro de Cataluña ha de abordar dos cuestiones en paralelo: Recuperar el déficit acumulado en las infraestructuras propias de la sociedad industrial y acometer la transformación de la base económica del país para responder a los retos de la economía del conocimiento.

En la práctica, los objetivos relativos a las infraestructuras, que acabaron enmarcándose en el impulso al Estatut y un nuevo acuerdo de financiación, han acabado por eclipsar casi por completo a los relacionados con la competitividad en la sociedad de la información y el conocimiento.

Todos podemos ahora recitar de memoria los grandes proyectos de infraestructuras físicas que se consideran necesarios para Cataluña: Aeropuerto, tren de alta velocidad, cercanías, puerto, cuarto cinturón, etc. Pero la definición de la estrategia de futuro de Cataluña en la sociedad del conocimiento está todavía pendiente. Ni la sociedad civil ni las Administraciones han asumido aún un liderazgo visible en esta materia. Los proyectos en base a los que construir una Cataluña competitiva en la sociedad global de la información están aún por definir, por consensuar y por planificar.

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Este desequilibrio se ha hecho más patente durante estos últimos días, una vez cerrado el acuerdo sobre la financiación del Estatut. La pregunta y respuesta planteada por los titulares de del pasado 23/09 que aquí se reproducen se explica por sí sola.

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No creo que el diario haya preguntado a una representación suficiente de la sociedad civil. Pero sí es cierto que sólo uno de los diez representantes de patronales y sindicatos a que plantea la cuestión, el Secretario General de Cecot, menciona en su respuesta la innovación y la sociedad del conocimiento.

Un síntoma más, no es el primero, de que una buena parte de los estamentos directivos de nuestra sociedad están instalados en la “fractura digital estratégica“. Piensan en clave de economía industrial, pero todavía no en clave de economía del conocimiento. No han incorporado todavía las TIC a sus mapas mentales de futuro.

Algo tendríamos que hacer. Qué y cómo es otra cuestión.

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Anillos o redes?

Hace un par semanas se presentaba en Barcelona el proyecto “Anella Cultural” (Anillo Cultural), cuyo objetivo primordial es promover el intercambio de contenidos culturales por medio de la conexión en banda ancha de diversos equipamientos culturales de Cataluña.

Un objetivo que el Conseller de Cultura de la Generalitat ha calificado de “estratégico“, ya que “facilita incorporar el mundo cultural a la era digital y explorar nuevos lenguajes“. Una manifestación que implícitamente viene a admitir que el mundo cultural (sobre todo el más tradicional) no ha decidido todavía apuntarse con plenas consecuencias a la era digital, que en su mayoría está aún por superar la “fractura digital estratégica”.

Eso ya era en parte evidente, porque de otro modo la industria cultural hubiera sabido reaccionar al fenómeno digital con estrategias más inteligentes que la de un “canon digital” indiscriminado. Cuyo único objetivo, o por lo menos el único que consigo percibir, es cobrar a quien compra artefactos tecnológicos por la “posibilidad” de hacer copias ilegales, aunque no tenga ni siquiera intención de hacerlas. En otras palabras, cobrar por el progreso tecnológico de los demás en lugar de asumirlo.

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