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Ante la tecno-ceguera moral, tomar partido

150724 BlogAcabo de leer este libro de Zygmunt Bauman al tiempo que se hace público un acuerdo (provisionalmente táctico) entre Uber y el Ayuntamiento de Nueva York.

Según el New York Times, el acuerdo supone:

  • Que el Ayuntamiento de la ciudad postpone la decisión de imponer un límite al crecimiento de los vehículos contratados por Uber.
  • Que Uber pone fin a una campaña de intimidación contra la posición del alcalde, en la que argumentaba que la política municipal supondría un deterioro de la calidad del transporte (público) en la ciudad.
  • Que Uber proporcionará al Ayuntamiento una gran cantidad de datos sobre su actividad, que se utilizarán para realizar un análisis sobre su impacto y el de otros vehículos de alquiler en el tráfico.

150724  3 BlogEl episodio me confirma en mi diagnóstico, expresado ya en este espacio, de que la verdadera apuesta de Uber y de los inversores especulativos que lo sostienen es contra la capacidad de reacción de las administraciones que tienen encomendada la regulación de actividades en aras del bien común.

Uno de los objetivos de esta regulación es precisamente poner límites a la ideología que sostiene que la (mal llamada) libertad de mercado, y no la intervención pública, es la mejor garantía del bien común.

Como en obras anteriores, Bauman pone el acento en señalar cómo la ideología que da prioridad al individualismo consumista y a la satisfacción inmediata aquí y ahora (para quien pueda pagarla), relega a un segundo plano las consideraciones éticas y morales que inspirarían actuaciones y políticas orientadas al bien común.

Una actitud consumista puede lubricar las ruedas de la economía, pero lanza arena en los engranajes de la moralidad.

Hoy en día, como muestra el caso de Uber, la ubicuidad de los smartphones conectados aumenta las oportunidades de tentar y ser tentados por este consumismo que sólo atiende a lo particular y a lo inmediato. Por eso Bauman escribe sobre “una tecnocracia disfrazada de democracia y libre elección” y “un vacío moral creado por una tecnología que ha superado la política.

Hace ya mucho que Manuel Castells diagnosticó que la sociedad informacional se impone porque es más eficiente en la acumulación de dinero y poder. La pugna entre Uber y los Ayuntamientos ha de verse en este contexto. Entendiendo que, en contra de la postura de Enrique Dans y afines, aunque el Ayuntamiento tiene la autoridad, es Uber quien tiene el mayor poder. Un poder que usa precisamente para socavar la autoridad municipal.

Resulta tentador, pero equivocado, conceptualizar esta batalla, que no ha hecho más que empezar, como una pugna entre buenos y malos, entre solamente dos alternativas. Incluso si se piensa, como yo lo hago, que hay que refutar los argumentos y las tácticas de Uber, eso no significa que ni los Ayuntamientos ni los taxistas tengan toda la razón. Los tecno-liberal-capitalistas están sabiendo utilizar las posiblidades de la tecnología para ganar poder sin autoridad. Las administraciones deberían ser capaces de hacer lo mismo desde su posición de autoridad, adecuando las regulaciones y la gobernanza de lo común a las oportunidades y las amenazas de los nuevos tiempos.

Como ciudadanos nos corresponde tomar partido sobre los valores que creemos que hay que defender,  y en quién confiamos para que lo haga. No será fácil.

 

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La insoportable levedad de la queja indignada

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Mi hábito de lectura aleatoria del fin de semana me ha llevado a encontrar dos artículos de negativismo indignado:

  • Uno de Enrique Dans sobre el “mito de los nativos digitales“, en que machaca a los jóvenes que califica como “auténticos iletrados digitales” y (menos explícitamente) a quienes les han educado así.
  • Otro de un autor al que no conozco, que sostiene que la generación T, la de los nacidos entre 1945 y 1965. “lleva treinta años controlando la política, la economía y el discurso intelectual y mediático del país, y ha mantenido unos privilegios a costa de arruinar a los más jóvenes”.

Coinciden en llevar ambos una parte de razón y en tomar el todo por las partes (no todos los de la generación T somos iguales, no todos los jóvenes usan las tecnologías sólo para banalidades). Pero coinciden sobre todo en concentrarse en lo negativo y en no hacer ninguna propuesta en positivo. Esa actitud puede servir como desahogo, o incluso para vender libros. Pero no para construir alternativas.

Leo estos días sobre las virtudes de la indagación apreciativa. Una metodología para afrontar cambios sistémicos, organizativos o sociales que, en lugar de centrar la atención en lo que no funciona, como en los casos que nos ocupan, propone una estrategia en cuatro pasos:

  1. IDENTIFICAR lo que sí funciona.
  2. IMAGINAR un futuro en que las cosas funcionan.
  3. DISEÑAR cómo crear ese futuro a partir de lo que tengamos a mano o de lo que podamos echar mano.
  4. TRABAJAR para poner ese diseño en práctica.

Me parece una buena manera de conseguir lo que Peter Drucker propugnaba como tarea de un buen líder: “Conseguir alinear las fuerzas de que se dispone de modo que las debilidades se conviertan en irrelevantes“. Parece algo más difícil, pero también más prometedor y responsable, que escribir una diatriba contra el mundo.

Si alguien se apunta, sabrá dónde encontrarme. Lo mismo si alguien me quiere en su equipo.

P.S. La imagen es una composición de viñetas de Hug McLeod, que colecciono desde hace años.

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A buenas horas, mangas verdes

Enrique Dans, haciéndose eco de un estudio de la Universidad de Berkeley sobre las prácticas de Google en la monitorización de usuarios de Internet escribe:

“Google ha desarrollado su modelo en base a un mercado con dos caras: por un lado, los usuarios son la fuente de un catálogo que se construye con sus propias acciones (sus vínculos, sus clics, etc.); por otro, son la materia prima cuya atención es revendida a los anunciantes.

Que la extensión de dicho modelo, indudablemente exitoso, justifique una posición de control potencial de las actividades del 90% de las páginas de la web, ya es algo seguramente más cuestionable, y que sin duda precisa de gran claridad y control”. 

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Ya he escrito en alguna ocasión sobre el primer punto, destacando que para Google (y similares ofertas ‘free’) los usuarios no son clientes, sino audiencia que se utiliza como materia prima para vender a los clientes de verdad.

Sobre el segundo, valdría la pena aplicar la recomendación que  Langdon Winner formuló en 1986 (!!!):

“La tarea importante no es estudiar los efectos e impactos del cambio técnico, sino evaluar las infraestructuras materiales y sociales creadas por tecnologías específicas en las actividades de nuestra vida […] Ante una propuesta de un nuevo sistema tecnológico, los ciudadanos y sus representantes tendrían que examinar el contrato social implícito en la construcción del sistema en una forma determinada”.

Promover primero la novedad por la novedad para convertirse luego en abanderados de la denuncia de sus efectos colaterales, como hacen a menudo los ‘ilustrados-TIC’ es miope, irresponsable, o demagógico, o todo a la vez.

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Twitter: Más vertical que horizontal

Un estudio reciente de la Harvard Business School confirma algo que ya había detectado en mis primeros días en Twitter:

“Twitter’s resembles more of a one-way, one-to-many publishing service more than a two-way, peer-to-peer communication network”.

twitter research 1En concreto, según el estudio, la mitad de los usuarios utilizan Twitter menos de una vez cada 74 días. Por contra, el 10% de los usuarios más activos generan más del 90% de los mensajes en Twitter. Una proporción mucho mayor de la que se da en las redes sociales como Facebook.

Curiosamente, Enrique Dans, un twitter-adicto confeso ha expresado varias veces su temor de que (*):

“… nos acabemos encontrando con que Internet, la Internet que conocimos, se convierte en algo tan parecido a la radio, a la televisión y al resto de los medios unidireccionales, que acabaremos sintiendo asco de habernos conocido”.

El estudio de Harvard apunta la posibilidad de que se llegue a esta situación por un camino diferente al que preocupa al Profesor Dans. En este caso, la minoría dominante podría acabar siendo, como en tantas tertulias de la tele, la de los que más gritan o los incapaces de callar. Y no necesariamente de la minoría (o mayoría, ojalá) de los que tienen algo que decir.

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(*) Nota: Un juicio de valor que, dicho sea de paso, no es óbice para que el Profesor Dans se prodigue en los medios unidireccionales.

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