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Intelectual, Intelecto, Google

elegia-para-un-americanoEn «Elegía para un americano«, la última novela de Siri Hustvedt, el protagonista escribe sobre su padre (pág. 231):

«La suya era una enfermedad tipica del intelectual: la infatigable voluntad de dominar una materia. Una dolencia crónica incurable que aqueja a quienes ambicionan dar un sentido lógico al mundo».

Me he sentido identificado, aunque sólo sea porque llevo varias semanas intentando aprender algo más de economía. Para entender cómo han llevado y dejado llevar la situación hasta donde hoy está. Me ha hecho pensar que quizá los intelectuales o aspirantes a serlo somos demasiado ambiciosos; quizá sobrevaloramos nuestras capacidades.

Algo que ciertamente no le ocurre a Google, cuya misión corporativa es nada menos que:

«[…] to organize the world’s information and make it universally accessible and useful».

blog_090228Confieso tener sentimientos ambivalentes respecto a Google. Quizá porque, aunque se tomen en serio su misión corporativa, su negocio es colocar publicidad; y no soy devoto de la publicidad. También soy ambivalente respecto de la ambición de Larry Page, uno de los co-fundadores de Google, de construir un buscador perfecto.

«The perfect search engine would understand exactly what you mean and give back exactly what you want».

Porque, de una parte, ese buscador me sería de gran ayuda para entender la economía. Al mismo tiempo, no puedo evitar compartir el recelo de Nicholas Carr de que tal vez la potencia de Google nos esté impulsando a utilizar menos la inteligencia. En fin; continuaré leyendo a la esposa de Paul Auster.

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La sociedad desinformada de la información

Estimulado por un comentario a un ‘post’ anterior sobre la ‘sociedad líquida’ y el espíritu de la Web 2.0, he buceado en la obra de Scott Lash, un autor que reflexiona sobre las bases de una aproximación crítica a la sociedad de la información.

venetian-mask.jpgLo que más me ha atraído en esta mi primera lectura ha sido lo que Georges Lakoff, el gurú de los marcos mentales (frames) califica como biconceptualismo. La situación que se produce cuando, dados dos «marcos mentales» que se presentan como opuestos, nos sentimos en parte identificados con ambos, pero del todo con ninguno.

En su «Crítica de la información», Scott Lash aborda el análisis de una «sociedad desinformada de la información«:

¿Qué hay en juego en la sociedad de la información Los tipos de información son dos. El primero está inscrito en una problemática de racionalidad e inteligencia. En una problemática de conocimiento: de producción con uso intensivo del conocimiento, máquinas cada vez más inteligentes y bienes y servicios ricos en información. Este primer tipo tiene que ver con la vigencia de una sociedad de uso intensivo del conocimiento y no del trabajo.

[…] El fundamento del segundo tipo de información no es tanto científico-material como literario. […] Si el primero tiene que ver con la sociedad global de la información, el segundo está relacionado con la cultura (global) de la información.

Una cultura en la que

El valor de la información es efímero. es inmediato. No tiene ni pasado ni futuro: ningún lugar para la reflexión y el argumento razonado.

Dos caras inseparables de la misma realidad. Un poco como en la Mecánica Cuántica, en donde un electrón es a la vez, inseparablemente, una partícula y una onda.

wave521.jpgEsa dualidad se manifiesta en el Internet de hoy. Quienes más ganaron con la revolución informacional de Internet de la década de los 90 fueron muy posiblemente las grandes organizaciones de la globalización, actuando  en la economía de los productos físicos (electrónica y ordenadores, por ejemplo, pero también Zara) o en los productos inmateriales (como los servicios financieros). Pero los iconos que entretanto ocupan el primer plano son los de la cultura de la información: los MySpace, Facebook, Flickr, YouTube, Twitter y otros. Rupert Murdoch comprando MySpace y el Wall St. Journal. Las dos culturas de las que habla Lash mezcladas y revueltas sobre un mismo soporte tecnológico.

Según como se mire, Google encarna ambos conceptos en una única empresa. De una parte, el buscador vive, por su propio concepto, en la cultura de la información desordenada. De otra parte, Google explota un conocimiento obtenido con altas doses de racionalidad para vender publicidad a las empresas, muchas de ellas de consumo efímero. Una estrategia bifurcada. Una dualidad sin la que no puede entenderse a Google.

Supongo que hay pocas recetas para vivir en medio de esa dualidad. Como escoger a qué partido votar. Como apostar por la sociedad de la información, a pesar de que se explote el efecto de la desinformación y el exceso de información basura. Como estar en contra de la sociedad de consumo y utilizar un Google que ayuda a quienes empujan la sociedad de consumo. Aunque no sólo a ellos.

Como la contradicción de escribir reflexiones, que se pretenden racionales, en un blog, un instrumento que tanto se presta a la visceralidad y a la falta de reflexión.

Una vez más, no tenemos más remedio que andar buscando soluciones biográficas a las contradicciones del sistema.

¿Comentarios? ¿Propuestas?

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Cuidado al jugar con las palabras!

Un ‘post’ que iba a llamarse, por razones que espero que irán quedando claras a quien siga leyendo:

LA ECONOMIA no es aún LA «economía del conocimiento»

un-no-dialogo.jpgYa se sabe que hacer predicciones es peligroso, sobre todo si tratan sobre el futuro. Uno de los profesores que tuve en el programa de doctorado de la UOC predecía, por ejemplo, lo siguiente:

Espero que dentro de diez años nadie lleve reloj y sepa qué hora es. […] Ahora, si queremos saber la hora, la única solución consiste en llevar encima una máquina de medir el tiempo. Eso es muy típico de una sociedad industrial que fabrica máquinas, porque además tenemos diecisiete relojes más por los cajones en casa. Pero si la hora se sabe, ¿para qué necesitas la máquina?

La realidad, sin embargo, es que se fabrican y venden más relojes que nunca, de todos los precios y colores. Que no se compran, por supuesto, para saber la hora. Pero se compran.

O sea que, mal que le pese a mi ex-profesor, la economía sigue apoyándose en gran medida en la producción de bienes físicos. De artículos de primera necesidad y también de artículos, como muchos de los relojes que se venden y anuncian, que pudieran racionalmente calificarse como de «ninguna necesidad».

Y, aunque se fabrican porque alguien «conoce» cómo venderlos, no creo que sea ésa la que llamamos «economía del conocimiento».

De otra parte, un artículo reciente de The NewYork Times daba cuenta de la considerable subida de precios de muchas materias primas, fundamentalmente como resultado de aumentos de la demanda en los países en desarrollo. Un síntoma adicional de la fortaleza, aún, de la economía de lo material.

precios-commodities.jpg

Estirando un poco el hilo, incluso la famosa crisis de las ‘subprime’ tiene un origen en el tirón de la oferta y demanda por adquirir bienes inmuebles, que no dejan de ser propiedades materiales.

Aunque se añadiera un trasfondo considerable de ingeniería financiera. Creada y gestionada por profesionales a los que habría que calificar, supongo, como profesionales del conocimiento. Pero que quizá no sean precisamente el modelo de referencia de los profesionales y de la economía del conocimiento que persigamos como objetivo.

Porque, aunque contribuyen ciertamente a crear una economía, se trata de una economía virtual que no me atrevería a considerar como razonable, ni siquiera como deseable. Según un Informe Mensual de «la Caixa»

En junio de 2007, el volumen de derivados de crédito emitidos, medidos por los activos subyacentes, ascendía a 45 billones de dólares. Como referencia comparativa, el producto interior bruto de los EEUU es de 13,8 billones de dólares.

En mi opinión, un disparate. Tema, quizá, para otra entrega.

Volviendo a los equívocos que pueden generarse jugando con las palabras, y más aún haciendo predicciones basadas en esos juegos verbales, acabaré comentando un artículo de El País de hoy, con el titular de la figura

el-pais_080118.jpg

Me ha recordado que, hace no tantos años, el admirado Alfons Cornella escribía sobre «la realidad, un caso particular de la virtualidad«. Bueno. Parece ser que no; o que todavía no, por lo menos.

Acabo. Concluyendo que la economía del conocimiento, al igual que la economía, es una hidra de muchas cabezas. También lo son la sociedad y la sociedad del conocimiento. Para entenderlas, para orientarnos en ellas, para orientarlas, habrá que preocuparse más del sentido que del nombre. Como escribió Lewis Carroll en «Alicia en el País de las Maravillas»,

Take care of the sense, and the sounds will take care of themselves.

Pues eso.

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No nombrarás el conocimiento en vano

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En un artículo con tan provocativo título publicado en La Vanguardia del pasado domingo, el Profesor de IESE José Luis Nueno propone una reflexión sobre las (no demasiado atractivas) condiciones laborales de dos tipos de profesionales del conocimiento:

Médicos

  • «Dado que tanto mossos como médicos (y otro personal sanitario) dependen del mismo empleador, ¿qué hay que pensar de una Administración que cree que los que nos ponen multas por ir a velocidades que sólo se castigan aquí tienen que cobrar más que los que nos sacan adelante tras el infarto que nos da cuando nos las ponen?

y Maestros

  • «¿Cómo damos la vuelta al sector de la educación para hacer que aquellos que forman el carácter y también transmiten conocimientos sean la norma y no la excepción, para recuperar a los mejores a servir las tareas más importantes?»

Para, al final del artículo, preguntarse

  • «Cuando el político o el alto funcionario reciclado aluden al conocimiento como la panacea que nos inmunizará frente a los males de la globalización, no se refieren ni al que salva vidas ni al que bruñe caracteres y transmite saber. Si no lo reconocen donde existe, ¿a qué conocimiento se referirán?»

Creo que el profesor Nueno merece una respuesta. Por varios motivos.

El primero, por nombrar el conocimiento en vano. Porque, en términos generales, el espíritu de los sistemas sanitario y educativo no es un espíritu centrado en el conocimiento.

Hago hincapié en poner énfasis en los sistemas. Es innegable, por ejemplo, que hay muchos educadores inspirados por el conocimiento. Pero también hay más de dos con espíritu de funcionarios, en el peor sentido de la palabra. Los profesionales del conocimiento, en cualquier sector, no «lucen» en una organización de espíritu burocrático

¿Educación lo es?

Una cuestión abierta a comentarios. Pero, si se me permite proponer un primer criterio de valoración, animo a quien esté interesado a consultar las Memorias del Departament d’Educació, o incluso el Pla de Govern (pág. 33) y constatar cómo se explica el sistema y sus objetivos.

Creo, pues, que tendríamos un primer elemento para responder al profesor Nueno. El conocimiento no es una panacea. Aprovecharlo sí puede serlo. Y eso exige entornos que fomenten valorizar (económicamente, socialmente) el conocimiento. Apuntemos pues a los responsables de crear y gestionar ese entorno; antes de titular, tomando el nombre en vano, que el conocimiento no sirve para nada.

De todos modos, creo que hay que dar un punto de razón al Profesor Nueno en su referencia, en la que creo ver un punto de sarcasmo, a los «políticos o altos funcionarios reciclados» que enarbolan el conocimiento como panacea. Porque encontraríamos sin demasiada dificultad ejemplos en que nombran el conocimiento en vano. Sin conocimiento del conocimiento.

Esos también merecen una respuesta. Los que pensamos que el conocimiento sirve (y podría servir más) tendríamos que dársela: alto y claro.

¿Quién se apunta? ¿Cómo nos ponemos de acuerdo?

P.S. 1. Otra cuestión que merecería comentario es la explicación de por qué, si las condiciones laborales en sanidad y educación son las que son, las carreras de Medicina y Educación sean las más solicitadas por los jóvenes catalanes (Ver datos).

P.S 2. Aviso al lector atento. Este post es el primero de un grupo de tres, que siguen hilos de una misma trama. Gracias por leer.

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