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Como Don Quijote contra … ¿qué molinos?

Leo por ahí (Gracias, @albertcuesta) unas declaraciones del vicesecretario de Comunicación del PP, Esteban González Pons:

«España debe considerar los datos sobre los españoles como parte del territorio nacional».

«No se debe consentir que se transfieran fuera, [porque] un país cuyos datos se encuentran en el extranjero no será dueño de su propia soberanía».

Con la que está cayendo, y recordando los polvos de los que proviene viene el actual barrizal financiero, me hubiera parecido más procedente (aunque también algo extemporáneo) que su propuesta fuera algo como:

«No se debería recurrir a endeudarse fuera, porque un país cuya deuda está deslocalizada no es dueño de su propia soberanía».

¿Qué opináis? ¿Cuál de las dos deslocalizaciones, la de los datos o la de las deudas, presenta más riesgos? ¿Va despistado o intenta despistar?

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Si Internet fuera de pago …

blog_091106El titular colgado en mi tablero es de una entrevista con Jennifer Stoddard, Comisaria de Protección de Datos Personales del Gobierno del Canadá, publicada hace pocos días en El País.

La actuación de la Comisaria alcanzó una cierta notoriedad hace unos meses a raíz de una investigación de su agencia sobre las prácticas de Facebook al respecto de la privacidad de los usuarios. Que concluyó considerando que algunas de estas prácticas violaban la legislación canadiense.

Creo que la noticia tiene varios hilos de interés. La espinosa cuestión de la privacidad, por supuesto. También el hecho de que la demanda contra Facebook partiera de un organismo denominado como the «Canadian Internet Policy and Public Interest Clinic» (¿Existe algo similar en España?).

Pero me tienta más destacar el titular de El País: «Si Internet fuera de pago …» … ¿qué pasaría?

¿Cómo hubiérais acabado la frase si los entrevistados hubiérais sido vosotros?

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¿Es Google una amenaza personal?

El asunto de la privacidad en la red ha vuelto esta semana a primer plano a raíz de unas declaraciones de Google (recogidas en muchos medios, aunque mi preferido en este caso es el Financial Times). El presidente de la compañíaha declarado que una extensión lógica de la misión original de la compañía, organizar la información del mundo, es recolectar más información personal sobre los usuarios.

No se trata de una fruslería. Para Google, ordenar la información en la red no es una misión filantrópica, sino la plataforma para un sensacional negocio de publicidad. Google cree que recopilar y organizar la información personal sería una plataforma para ayudarnos a organizar nuestra vida, y cobrarnos por ello. Según el FT, “El objetivo es permitir a los usuarios de Google preguntar cosas como ‘¿Qué tendría que hacer mañana?’ o ‘¿Cuál debería ser mi próximo trabajo?’.

Estas declaraciones han suscitado una cierta polémica, recogida ampliamente en la web del FT, animada sobre todo por los defensores de la privacidad, incluyendo la Comisión Europea.

Nada que objetar, sino fuera porque tengo en absoluto la sensación de tener ahora bajo control la información que exista por ahí afuera sobre mis datos o mi vida privada, en manos de las administraciones o de empresas. Personalmente, doy ya por perdida la batalla por el concepto tradicional de privacidad.

(Como en tantas otras cosas, ¿no nos obliga la realidad de la Red a repensar nuestro concepto de privacidad?)

De hecho, incluso podría ganar algo si Google consiguiera cumplir apropiadamente su objetivo. No hay día en que no reciba en mi casa, a horas inoportunas, llamadas de compañías que intentan venderme algo, que me llaman por mi nombre y apellidos, pero que parecen ignorar que mi primera respuesta es, invariablemente, «Lo siento, pero no aceptamos ofertas por teléfono». Por no hablar de la propaganda con la que partidos políticos a los que nunca he votado ni votaré colapsan mi buzón físico. Si Google les diera esa información, personal, quizá dejaran de asaltarme. Lo agradecería.

Por otra parte, el objetivo de Google me suscita una pregunta, digamos, filosófica. Supongamos que me pasara días y días continuamente conectado, y que Google, o quien fuera, pudiera así recoger mucha, toda, la información sobre mis actividades. Sabría lo que hago, pero, ¿qué sabría realmente de mí? ¿Somos o no algo más que los datos que puedan recoger sobre nosotros? ¿Qué parte de nosotros volcamos en nuestro contacto con la red?

Quiero pensar que, desde donde sea que el espírituo de Sócrates conozca las aspiraciones de Google, el filósofo no cambiaría su «Conócete a tí mismo» por un «Pregúntale a Google». Eso sí que lo encontraría preocupante.

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