Archivo mensual: abril 2013

La (in)soportable levedad de los concursos de ideas

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Hoy me ha interesado

… comentar la proliferación de ‘concursos de ideas’ (ejemplos al final de esta entrada), incluyendo dos promovidos ahora mismo desde el Ayuntamiento de Barcelona (más enlaces al final de esta entrada):

  • «La casa de las ideas«, orientado a imaginar soluciones para el problema de la vivienda en Barcelona.
  • «Apps&Cultura«, que tiene como objetivo el desarrollo de apps que mejoren el acceso a la cultura y la promoción de la creación.

Estoy seguro de que esos concursos son bien intencionados, pero menos convencidos de su efectividad práctica. De hecho, creo que, puestos a intentar solucionar algunos de los (nada triviales) problemas de nuestro entorno actual, los concursos de ideas no son la mejor idea. Tampoco lo sería, puestos a ello, hacer un concurso de ideas acerca de alternativas a los concursos de ideas.

¿Por qué?

  • Porque no está claro que suframos sólo una crisis de ideas, sino en gran medida (también) una crisis  de ejecución. Muchas veces sabemos lo que necesitamos o lo que querríamos hacer, pero no cómo conseguirlo. En este sentido me parece muy interesante (y creativa) la convocatoria de este concurso de innovación social para quienes no tienen nuevas ideas.
  • Porque una idea, incluso una buena idea, no vale apenas nada si no se pone en práctica. Algunos inversores utilizan como guía el criterio de la figura para tomar decisiones sobre una propuesta. La idea pesa un 20% de la decisión, el modelo de negocio un 30% adicional y el equipo que la respalda un 50%. Si este criterio fuera acertado,  organizar concursos de equipos sería más interesante que organizar concursos de ideas.
  • Porque hay gente, es mi caso a menudo, que se apuntaría a colaborar a buscar respuestas a un reto, sin tener necesariamente ‘a priori’ una idea brillante que aportar.
  • Porque en demasiadas ocasiones, la promoción de un concurso de ideas parece un intento de quienes lo convocan de enmascarar su falta de compromiso en solucionar los problemas que el concurso plantea. En particular, es habitual que las ideas no premiadas (la mayoría) se pierdan, y que incluso las premiadas tengan un premio simbólico, lejos del acompañamiento necesario para ponerlas en práctica.

Por todo ello, alguien suficientemente malpensado podría concluir que  (algunos) promotores de esos concursos tienen más interés en promover su marca que en comprometerse al buen fin de las ideas presentadas. Que estarían, conscientemente o no, aprovechando el tirón del crowdsourcing para utilizar las ideas y a quienes las proponen como materia prima poco menos que deshechable. Un riesgo para las marcas que adoptan esas prácticas.

Suficiente por hoy. Dejo para una próxima entrada comentar lo que considero fallos importantes de diseño de uno de los dos concursos del Ayuntamiento mencionados al principio. Entretanto,

¿Qué os parece la proliferación de concursos de ideas?

Anexo: Una lista nada exhaustiva de enlaces a concursos (todos ellos orientados a la innovación social, pero muy desiguales en cuanto a planteamiento y alcance):

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La Academia no incita a emprender

Emprender raeHoy me ha interesado …

… comentar la definición de ‘emprender’ en el diccionario de la Real Academia Española (que se me ocurrió consultar preparando una charla sobre emprendimiento a escolares del Taller Ginebró , una cooperativa escolar la mar de interesante). La acepción más adecuada al contexto reza como sigue:

«Emprender: Acometer y comenzar una obra, un negocio, un empeño, especialmente si encierran dificultad o peligro

Mal vamos. Según la Academia, emprender es peligroso. Vaya modo de animar a la gente!Ginebró 23.023Aunque, bien pensado, quizá la Academia no haga más que reflejar un sentimiento social más o menos generalizado. Por ejemplo, el que según una encuesta de Eurobarometer, se manifiesta en que sólo el 17% de españoles piensa que su futuro depende principalmente de ellos, y no de la suerte o de factores externos.

Algo habrá que hacer para cambiar este estado de ánimo. ¿Propuestas?

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Robots invaden los ‘social media’

Para bloguear con los pies small

Hoy me ha interesado

… la intuición de que los ‘social media‘ están en riesgo de pasar a ser pronto un territorio ocupado por robots anónimos.

Un flash suscitado inicialmente por dos lecturas complementarias.

  • Un artículo en The New York Times según el cual se pueden comprar (y vender) usuarios de Twitter a razón de 18 dólares por mil usuarios. Son falsos, naturalmente, pero se les programa para que parezcan humanoides. Al parecer con bastante éxito, porque los fabricantes dicen facturar un millón de dólares por semana.

(INCISO: Según esta valoración, mis 500 seguidores en Twitter valdrían 9 dólares. Quiero dejar constancia, por si acaso, de que los valoro en mucho más. Un ejemplo adicional, por si hacía mfalta, de que la economía de mercado no agota, ni tendría que agotar, la realidad social).

«It’s scary to think that one day, you may read an article in a magazine or newspaper or online that had no human intervention. No humanity, no personalized style and more. That future is here. Today. It’s already happening«.

Inquietante, en efecto. Porque se suponía que el gran atractivo de los ‘social media’ era facilitarían una nueva plataforma de comunicación entre humanos, no entre humanoides. Pero aún más porque estoy convencido de que a mucha gente no sólo no le importará la invasión de los robots: ni siquiera se dará cuenta. Una consecuencia de que el modo en que evolucionan muchos medios sociales favorece modos de comportamientos  reflejo, impulsivo, inconsciente, compulsivo, semiautomático de los usuarios. Predeciblemente irracional. Con técnicas que, como bien conocen los expertos, son programables. Y como pueden serlo, lo serán.

Hace no mucho, un conocido bloguero apuntaba en la misma dirección, quizá sin pretenderlo, al sentenciar que “no se bloguea con la cabeza, se bloguea con los pies“. Si tiene razón, los blogs serán pronto territorio robot, porque las máquinas sustituirán antes lo que hacemos con los pies que lo que podemos (o podríamos) hacer usando la cabeza. Espero, cuanto menos, que esto sea cierto en mi caso.

Este asunto me ha llevado a sacar del baúl de los recuerdos unos pies que caminan cuando se les da cuerda. Avanzan sin cabeza, por supuesto, ni falta que les hace. Los he puesto al lado de mi ratón y mi teclado, por si acaso producen algo que me sorprenda.

Saludos cordiales.

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No es verídico, pero podría ser cierto

Source: The New Yorker.

Hoy me ha interesado …

… la ironía con que el New Yorker comenta el reciente anuncio de Facebook Home para móviles. Bajo el titular «Facebook Unveils New Waste of Time«, la crónica del  articulista empieza así:

Before a rapt audience at Facebook headquarters Thursday, Facebook C.E.O. Mark Zuckerberg unveiled new software that he promised “will totally change the way you are wasting your life.»

Por respeto a los productores de contenidos, aún siendo suscriptor de quien produce éste en particular, resisto la tentación de traducir (pero no de recomendar) el resto del artículo.

Que viene al cuento de una cita de Langdon Winner  (anterior a Internet y a los móviles, preo fácilmente traducible al panorama actual) que comentaba en una entrada anterior:

«La revolución de los ordenadores es claramente silenciosa con respecto a sus propios fines».
Según su versión oficial, el objetivo de Facebook es «dar a la gente el poder de compartir y hacer que el mundo sea más abierto y conectado». Pero, a juzgar por los hechos, parece más plausible que eso no sea el objetivo, sino la estrategia, el instrumento, para el objetivo real de Facebook: que la gente se vuelva adicta a estar siempre conectada para así acumular datos sobre ello y así usarlos como materia prima para su modelo de negocio (publicidad y consumo).
Lo está consiguiendo. Según un informe reciente (.pdf)  el usuario típico (norteamericano) de un ‘smartphone’ consulta Facebook 14 veces al día. Si ese comportamiento es extrapolable, el mundo abierto y conectado que proclama Facebook sería también un mundo distraído y descentrado. ¿A que suena peor?
Visto desde este ángulo, la falsa crónica del New Yorker no es verídica, pero podría ser cierta. La realidad siempre tiene más de una faceta. La que Facebook quiere enseñarnos es parcial, y por tanto engañosa.

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Ideología del Big Data

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Fuente: Gartner (2012)

Hoy me ha interesado

… empezar a explorar la ideología subyacente a la promoción del ‘Big Data, cuya emergencia, según IBM y muchas otras fuentes, «abre un nuevo mundo de posibilidades».

La figura adjunta, uno de los ‘hype cycles‘ que diagnostica una reconocida consultora tecnológica, sitúa el ‘Big Data’ en un estadio aún embrionario, creciendo en el pico de las ‘expectativas infladas‘. Lo que significa que falta todavía un tiempo, incluyendo el tránsito por el ‘valle de la desilusión‘ antes de que las visiones más optimistas se conviertan en realidad.

Lo que sin duda acabará sucediendo. Aunque es más que probable que la clave para completar con éxito ese tránsito no sea precisamente la tecnología, sino quién la aplique, cómo y en qué contexto. Al principio de «The Signal and the Noise«, Nate Silver, un reconocido especialista en análisis de datos cuyo salto a la fama se produjo tras ‘clavar’ los resultados de las últimas elecciones presidenciales en los EEUU, lo formula así:

«Chris Anderson wrote in 2008 that the sheer volume of data would obviate the need for theory, and even the scientific method […] These views are badly mistaken. The numbers have no way of speaking for themselves. We speak for them. We imbue them with meaning […] Before we demand more of our data, we need to demand more of ourselves«.

Chris Anderson, hasta hace no mucho el editor de Wired, es un personaje controvertido. Por ser un abanderado de la causa de lo ‘free’ desde la plataforma de una revista de pago. Por recomendar la tendencia de invertir en ofertas ubicadas en la ‘long tail‘ cuando existe una evidencia (versión .pdf) cada vez más consolidada de que el dinero se concentra en los grandes éxitos, de que la ‘long tail’ es muchas veces una ‘low tail’ en la que es difícil generar ingresos para sobrevivir.

Sus recomendaciones, excelentemente diseñadas para crear polémica y apalancar el prestigio de su revista y el suyo personal como autor y gurú, siempre apoyadas por los ilustrados-TIC, destilan un trasfondo ideológico. El del apoyo a los fines de quienes, como comentaba en una entrada anterior, practican una estrategia sistemática de innovación disruptiva que comporta  destrucción creativa a corto plazo, sin más detalles de la reonstrucción creativa posterior. Con la excepción, eso sí, de quién intenta acaparar los beneficios de la misma. Como (no hace falta citar nombres) quien defiende que los contenidos sean ‘free’ para llevarse el negocio de la publicidad ligado a los mismos, por ejemplo.

En el caso del Big Data, la tesis de Chris Anderson, a quien otros mejor que yo podrán discutir su autoridad para reformar el método científico, parece evidente. ¿Cuál sería la consecuencia de que el Big Data hiciera prescindibles las teorías y el método científico, y por ende los propios científicos? Simplemente, que la autoridad moral hoy se concede a ciencia y científicos pasaría a quienes tuvieran la mayor capacidad de acceder a las fuentes de Big Data y explotarlas.

Con las perspectivas fáciles de imaginar. Cuando alguien sugiere que «Data is the new oil» uno no puede evitar, llamadme malpensado, que le venga a la cabeza la historia de los ‘robber barons‘ que a principios del siglo XX construyeron grandes fortunas explotando (quasi)monopolios de acceso al petróleo y otros recursos naturales. Es obligado pensar que hay quien intenta repetir la historia con el recurso ‘data’. Ya hay, de hecho, quienes lo acaparan.

Como (bien) afirma Zygmunt Bauman, «Like most beliefs which appear to be self-evident, they remain obvious only as long as we refrain from examining the assumptions that underpin them«. dana boyd, una investigadora de Microsoft, ha publicado un buen análisis de cuestiones de fondo (provocaciones, las llama ella)  ligadas al emergente protagonismo de los Big Data. De cuestiones como esas, al respecto del Big Data y de otros inventos, nos continuaremos ocupando.

Saludos cordiales.

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Sobre inteligencia y tecnología

marinaHoy me ha interesado

… volver sobre el asunto de la inteligencia y las TIC que abordaba en una entrada reciente.

El asunto de la inteligencia es escurridizo. Los expertos explican que hay varios tipos de inteligencia, más o menos independientes entre sí. También que cada persona es inteligente a su manera. Según cuenta Ken Robinson, la inteligencia de cada uno es tan particular como sus  huellas digitales (las huellas analógicas de sus dedos,  para ser preciso).

La pregunta apropiada no es pues «¿Qué tan inteligente es una persona (o una máquina)?«, sino «¿De qué modo es inteligente esa persona (o quizá esa máquina)?«.

Para mí, lo característico de la inteligencia (humana) es la capacidad de sorprender. De crear. De no repetirse. Al hilo de ello, he recuperado mi vieja copia de la «Teoría de la inteligencia creadora» de José Antonio Marina. De entre lo subrayado hace años entresaco:

«La característica esencial de la inteligencia humana es la invención y promulgación de fines.» (pág, 17)
«Lo que caracteriza a la mirada inteligente es que dirige su actividad mediante proyectos.» (pág. 34)

No se me ocurre preguntar a mi iPhone (un teléfono supuestamente inteligente) por sus proyectos. No esperaría respuesta. Imagino que tampoco se inventará objetivos.

Con todo, la yuxtaposición de una persona, que en principio podemos suponer inteligente, con un ‘smartphone’ puede producir resultados sorprendentes. Por ejemplo, según un informe reciente (.pdf)  el usuario típico (norteamericano) de un ‘smartphone’ consulta Facebook 14 veces al día. ¿Calificaríamos este comportamiento como inteligente?

Creo que no. Me tienta, sin embargo, especular con que quizá el propiciar ese comportamiento fuera uno de los fines perseguidos por la maquinaria industrial que pone smartphones y Facebook en manos de los usuarios. No sabría cómo verificarlo. Pero, aplicando la cita de Marina y tomando en cuenta la cantidad de gente inteligente que trabaja para Apple, Google, Facebook y similares, tampoco me resulta inverosímil.

Casualmente, o quizá no, ya incluso antes de Internet, Langdon Winner observó que «La revolución de los ordenadores es claramente silenciosa con respecto a sus propios fines.»

Tema este último para una próxima entrada.

Saludos cordiales.

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CríTIC@s escépTIC@s en The New Yorker

New Yorker JobsHoy me ha interesado …

… el distanciamiento crítico con el que «The New Yorker» trata los asuntos relacionados con las TIC.

Un ejemplo. John Cassidy, colaborador habitual de la revista y un relator imprescindible de la crisis financiera, escribe acerca de «What Happened to the Internet Productivity Miracle«. El crecimiento de la productividad en EEUU durante los años 90, dando origen al mantra de «nueva economía» parece haberse estancado:

«Since the start of 2005, productivity growth has fallen all the way back to the levels seen before the Web was commercialized, and before smart phones were invented».

No parece haber un acuerdo sobre las causas. Una de ellas podría simplemente ser, como argumenta este reputado economista (.pdf) que las últimas maravillas tecnológicas, como los smartphones y las tabletas no son innovaciones tan radicales ni tan orientadas al aumento de productividad como las que hicieron posible la Revolución Industrial o incluso el principio de la sociedad de la información. De otra parte, las aplicaciones emergentes (como Facebook, Twitter y las redes sociales) parecen perseguir menos el crecimiento económico que el aumento de un difuso sentimiento de bienestar («to feel connected«).

Más en la misma línea. Hace un tiempo, la entrevista de The New Yorker  a Peter Thiel, uno de los fundadores de Paypal, empezaba así:

Peter Thiel pulled an iPhone out of his jeans pocket and held it up. “I don’t consider this to be a technological breakthrough,” he said. “Compare this with the Apollo space program.”

Dando la vuelta a esta reflexión, quizá fuera pertinente pedir a los que impulsan la industria TIC (y a los ilustrados-TIC que hacen de voceros) una lista de objetivos específicos de estos desarrollos. Para comparar. Seguro que ya hay listas de este estilo (agradeceré a quien me dé pistas), pero quizá ninguna de ellas valga como referencia sólida.

Podría seguir, pero será en próximas entradas. Cierro volviendo a mi reflexión inicial. Es evidente que hay mucho talento detrás de The New Yorker. Un talento por demás nada sospechoso de ludismo. Sus críTIC@s al pensamiento único que parece emanar de Silicon Valley me parecen saludables. Sin embargo, falta todavía, más allá de la crítica, armar discursos alternativos lo bastante sólidos y convincentes. Ello es posible y en ello estamos.

Saludos cordiales.

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SMART no es lo mismo que inteligente

SMARTHoy me ha interesado

reflexionar acerca de la traducción de ‘smart’ por ‘inteligente‘, habitual en la prensa tecnológica y entre los ilustrados-TIC.

Constato, para empezar, que en las versiones online de los diccionarios de Oxford y Collins (supongo que no sólo en esos dos), ‘smart‘ no es sinónimo de inteligente. Como adjetivo, es equivalente a (Oxford)

(of a person) clean, tidy, and well dressed:you look very smart
(of clothes) attractively neat and stylish:a smart blue skirt
(of an object) bright and fresh in appearance:a smart green van
(of a place) fashionable and upmarket:a smart restaurant

Me encaja. Cuando para una fiesta o una reunión indican que el ‘dress code‘ es ‘smart casual‘ no están pidiendo que lleves ropa informal e inteligente.

En la misma línea, estaría de acuerdo en que un ‘smartphone‘ es un teléfono con todas las cualidades que el Oxford atribuye al calificativo ‘smart‘. Pero que no es inteligente, porque sólo es capaz de hacer aquello para lo que está programado. No tiene la capacidad de sorprender. Es útil, por supuesto, pero aburrido.

Aún más en la misma línea, me atrevería a aventurar que ninguno de los ‘smart watches‘ que según parece preparan (por lo menos) Apple, Google y Samsung será inteligente. De hecho, si los pronósticos sobre su apariencia son acertados, creo que serán incluso menos ‘smart’ (en el sentido Oxford) que los IWC o Longines que atesoro.

En el fondo, lo que me preocupa de este asunto es que a fuerza de atribuir inteligencia a lo que como mucho es sólo ‘smart’ se esté socavando la esencia de la propia inteligencia. Más preocupante aún me resulta la intuición, apuntada por autores como Jaron Lanier o Fred Turner, de que la promoción de este equívoco no sea casual, sino la manifestación de una estrategia (nada casual ni desinteresada) de presentar a las (capacidades de las) personas como obsoletas para que así los ordenadores parezcan más avanzados.

Porque, como comentaba en una entrada anterior,  la historia demuestra que la tecnología y los artefactos tecnológicos se impregnan de ideología. En concreto, resulta cada vez más evidente que los ciberlibertarios que más proclaman las virtudes liberadoras de la tecnología están más próximos a la ideología del neocapitalismo asocial que a lo que en un tiempo fueron posiciones de izquierda.

Cito de una obra reciente:

«A pesar de la retórica revolucionaria y transformacional que rodea el desarrollo de las infraestructuras de información en red, en la práctica es tan probable que refuercen como que desestabilicen el orden instituciones existente».

Será cuestión de andarse con cuidado.

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