Las TICs son de doble uso (o más)

Cuando hablamos de las tecnologías en general, de las TIC en particular, lo más frecuente es que presentemos las facetas positivas, las oportunidades que generan, los beneficios de aprovecharlas y cosas así.

Ya he escrito alguna vez sobre ese tecno-idealismo, del que a menudo somos demasiado poco conscientes. Cuando damos por sentado que las tecnologías que nos enamoran a nosotros han de enamorar a todos, pero no. O cuando damos por sentado que cualquier persona inteligente nos “comprará” el discurso tecnológico, pero no.

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En esta línea de reflexión de las interacciones, nada lineales, entre tecnología y sociedad, me parece de lo más oportuno glosar un artículo reciente de The Economist sobre la actual crisis de liquidez en los mercados financieros globales.

Como se está poniendo de manifiesto, esta crisis parece haberse generado desde dentro del propio sistema financiero. Concediendo préstamos hipotecarios a quien probablemente no podría pagarlos y revendiendo luego al riesgo (securitizando, dicen) a otros inversores a los que se atraía con la promesa de una seguridad razonables y rendimientos más altos que las Letras del Tesoro. Todo compendiado por la existencia de escalones de especuladores que pedían prestado dinero a bajo interés para comprar esa deuda de calidad dudosa y revenderla, embolsándose por ello comisiones exquisitas. (Un número especial de Fortune explica en bastante detalle las mecánicas del asunto).

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Una vez asignado (creo que justamente) el papel de culpables a especuladores sin más moral que las finanzas y a algunos financieros incautos, mi intención era revisar el rol de las TIC en todo este asunto. Para The Economist, la consecuencia de “toda la nueva tecnología y los sofisticados derivados con extraños acrónimos” es que:

Como los prestadores esperaban ser capaces de vender a otros el riesgo de impago, prestaron demasiado a la ligera […] En teoría, este riesgo debería haberse asignado a la gente más capaz de sobrellevarlo. Pero como el mundo ha vendido el riesgo a todo el mundo […] nadie está seguro de dónde están las pérdidas.

Porque los modelos de riesgo, soportados en herramientas informáticas sofisticadas y en mesas de contratación interconectadas por todo el planeta, no han funcionado:

En teoría, las agencias de calificación y los modelos matemáticos ayudan a los inversores a poner un precio a los riesgos que están tomando […] Pero cuando se demuestra que algunos activos que se suponían de alta calidad valen apenas nada, la gente pierde la fe en los modelos y en las calificaciones […] La gente de Goldman Sachs han perdido una fortuna cuando ha ocurrido algo que sus ordenadores decían que debería ocurrir sólo una vez cada 100 milenios.

El diagnóstico final de The Economist debería retenerse como una nota precautoria por todos aquellos que hablan (a la ligera) de la sociedad de la información como una realidad incuestionable y positiva:

Al tiempo que el riesgo se ha dispersado de forma descontrolada, también lo ha hecho la información. Nadie conoce todavía quién acabará pagando las pérdidas por las hipotecas, porque nadie puede estar seguro de cuánto valen esas hipotecas […] Lo que los mercados necesitan ahora es tiempo para recomponer esa información.

O sea, que una parte del sector financiero, uno de los que más intensamente han invertido en tecnologías de la información, necesita un tiempo para recomponer su información. Estemos avisados.

Acabaré recordando que cuando la explosión de las empresas punto-com hace 10 años se escribió que “la tecnología es el motor, pero las finanzas son la gasolina”. Un combustible que parece ahora mismo haber estallado en las manos de sus amos. The Economist concluye que:

Las crisis financieras son siempre acerca del modo en que la gente hace negocios y no sólo sobre las operaciones concretas […] El modo en que el pánico se ha esparcido muestra debilidades en algunos de los fundamentos de las finanzas modernas.

En mi lenguaje: Las tecnologías funcionan según el alma que les pongamos. Y, si no les ponemos ninguna, con casi seguridad se la pondrá el diablo. Porque el mal existe, y su realidad va más allá de la ausencia de bien.

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