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Dialécticas sobre las TIC (Tecnologías de la Información y la Comunicación) e Internet.

En la SER me preguntan sobre Whatsapp

Tengo últimamente poco tiempo para escribir. Pero cuando Alternativas Económicas (una revista que aporta una visión alternativa y recomendable de la economía) y la SER me han pedido unos minutos para hablar sobre Whatsapp, Facebook y materias afines, no he podido resistirme.

Aquí va el enlace al corte de audio (en catalán), por si os interesa.

Saludos cordiales.

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La tecnología no transforma nada

Cisco IoTEl anuncio de Cisco, que recorté no recuerdo dónde, propone

Descubrir cómo la Internet de las Cosas cambia la casa.

Lo que tendría que decir, pero no quiere, es que Cisco, entre otros, propone un futuro de Internet de las Cosaspara así cambiar las casas y de paso hacer negocio.

Nada ilegítimo, por supuesto. Incluso pudiera ser que hasta sensato y razonable. Pero nunca está de más hablar claro.

No es la tecnología la que cambia las cosas. Es la gente que utiliza la tecnología para cambiarlas. Quien escribe sobre “Lo que la tecnología quiere” nos engaña, y lo sabe.

Escribiendo sobre la naturaleza de la tecnología, Brian Arthur propone tres definiciones complementarias:

  • La tecnología como medio para hacer realidad un propósito humano.
  • La tecnología como un ensamblaje de componentes y prácticas.
  • La tecnología como un conjunto de aparatos y prácticas de ingeniería a disposición de una cultura.

En ninguna de ellas la tecnología es un ente autónomo. Siempre hay detrás personas, propósitos, prácticas y voluntades.

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La insoportable levedad de la queja indignada

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Mi hábito de lectura aleatoria del fin de semana me ha llevado a encontrar dos artículos de negativismo indignado:

  • Uno de Enrique Dans sobre el “mito de los nativos digitales“, en que machaca a los jóvenes que califica como “auténticos iletrados digitales” y (menos explícitamente) a quienes les han educado así.
  • Otro de un autor al que no conozco, que sostiene que la generación T, la de los nacidos entre 1945 y 1965. “lleva treinta años controlando la política, la economía y el discurso intelectual y mediático del país, y ha mantenido unos privilegios a costa de arruinar a los más jóvenes”.

Coinciden en llevar ambos una parte de razón y en tomar el todo por las partes (no todos los de la generación T somos iguales, no todos los jóvenes usan las tecnologías sólo para banalidades). Pero coinciden sobre todo en concentrarse en lo negativo y en no hacer ninguna propuesta en positivo. Esa actitud puede servir como desahogo, o incluso para vender libros. Pero no para construir alternativas.

Leo estos días sobre las virtudes de la indagación apreciativa. Una metodología para afrontar cambios sistémicos, organizativos o sociales que, en lugar de centrar la atención en lo que no funciona, como en los casos que nos ocupan, propone una estrategia en cuatro pasos:

  1. IDENTIFICAR lo que sí funciona.
  2. IMAGINAR un futuro en que las cosas funcionan.
  3. DISEÑAR cómo crear ese futuro a partir de lo que tengamos a mano o de lo que podamos echar mano.
  4. TRABAJAR para poner ese diseño en práctica.

Me parece una buena manera de conseguir lo que Peter Drucker propugnaba como tarea de un buen líder: “Conseguir alinear las fuerzas de que se dispone de modo que las debilidades se conviertan en irrelevantes“. Parece algo más difícil, pero también más prometedor y responsable, que escribir una diatriba contra el mundo.

Si alguien se apunta, sabrá dónde encontrarme. Lo mismo si alguien me quiere en su equipo.

P.S. La imagen es una composición de viñetas de Hug McLeod, que colecciono desde hace años.

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Pistas para aspirantes a ‘social hackers’

En esta entrada, poco más que un conjunto de citas  (para nada escogidas al azar), sobre la idea de ‘hackear’ el sistema.

De la increíble historia de la creación de VISA. Una empresa que todo el mundo conoce, que mueve muchísimo dinero, pero de la que pocos pueden decir quién es el propietario o el CEO, o si cotiza en Bolsa. Una cita de su creador, Dee Hock:

“Understanding events and influencing the future requires mastering of four ways tof looking at things: as they where, as they are, as they might become and as they ought to become.”

Lo más interesante, a mi juicio, este “ought to become“, cómo deberían ser las cosas.

Acerca precisamente de este punto, Geoff Mulgan, uno de los expertos en innovación social en el Reino Unido, apostilla lo que se me antoja un requisito clave para los social hackers:

“We need a new generation of leaders who aren’t just interested in the gadgets and cool stuff – but also have the wisdom to understand what it means.

Luego queda, por supuesto, la cuestión de cómo poner manos a la obra. Sobre ello, dos citas más. La primera, atribuida a la antropóloga Margaret Mead, apunta a lo que me parece un punto débil de los concursos de ideas y del arquetipo de innovador solitario:

“Never doubt that a small group of thoughtful, committed citizens can change the world. Indeed, it is the only thing that ever has.”

(Quizá lo que habría que hacer es encontrar a quien patrocinara concursos de equipos de estos thoughtful, commited citizens).

La última cita, también de Dee Hock, es una reflexión sobre el liderazgo necesario para que la perspectiva, la sabiduría y los equipos tengan oportunidades de cambiar el futuro, incluso si el sistema a cambiar parece a primera vista poco permeable a los cambios. Dee Hock propone es que el líder debería dedicar el 50% de su esfuerzo a liderarse a sí mismo y el 25% a liderar a sus jefes, dividiendo el resto entre los iguales (20%) y los subordinados (5%). La receta entonces es aplicarse el cuento, y replicarlo. Porque,

“If those over whom you have authority properly manage themselves, manage you, manage their peers and replicate the process with those they employ …”

… entonces hasta lo improbable puede hacerse posible.

Se trata ahora de ver si podemos aplicar estas recetas para cambiar algunas de las cosas que tantos estamos de acuerdo en que se habrían de cambiar.

¿Alguien se apunta?

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Algo más que un juego de palabras

Coinciden en mi conciencia dos piezas sobre ‘mendigos’:

  • Una pieza (“Mendigos“) en la última página de El País, acerca de que algunos Ayuntamientos españoles aplican una medida para acabar con la mendicidad, que consiste en imponer una multa de varios cientos de euros a quienes la practican.
  • La viñeta de The New Yorker que copio a continuación.

Crowdfunding beggarsComo todas las buenas viñetas, ésta del New Yorker es acerada y abierta a más de una lectura. Su punto de partida es obvio: el crowdfunding está de moda. Y, lo que es poco habitual en estos tiempos tan dados a la crítica destructiva, no recuerdo haber escuchado ninguna en su contra.

Con todo, puedo imaginar comentarios de tono muy diverso a esta viñeta:

  • Ilusos” – dijo el de la cartera, que pasaba por ahí. “Os podéis cambiar el nombre, pero seguís siendo unos pringaos“.
  • Buena idea” – dijo el otro de la gorra. “Pero mejor pongamos un cartel, porque si pasa un guardia igual nos pone una multa por mendigos“.
  • Otros que no se enteran” -  escribió un ilustrado-TIC en su blog – “¿Cómo haríamos entender a estos inmigrantes digitales que no están en Internet, no existen? Si hubieran pasado por mi MBA …”.
  • El crowdfunding sólo es guay si se hace en Internet” – comentó otro – “La mendicidad en la esquina es otra cosa, desagradable además. No nos confundamos”.
  • Por una módica cuota” – escribió en otro blog un aspirante a community manager - “les consigo followers y les cuelgo en Goteo“.
  • Muy buena la viñeta” – escribió un fan de Morozov – “El crowdfunding es un ejemplo del solucionismo que impulsa el nuevo espíritu del nuevo capitalismo que impulsa el Internet para Todo. Una herramienta para que la gente busque soluciones particulares a las contradicciones del sistema, pero sin cuestionar el sistema.”

Un ejemplo perverso de re-framing à la Lakoff, diría yo.

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El sistema no sólo es permeable: tiene goteras

Me parece estimulante responder con un ejemplo concreto a la cuestión (“¿Es permeable el sistema para dejarse ser hackeado?“) que Igor Calzada al hilo de mi última entrada.

call to innovation

La imagen corresponde a la web de la nueva edición “Call to Innovation“, un concurso de ideas promovido por la Singularity University de Silicon Valley y respaldado por dos fundaciones españolas. El reto:

“Cómo resolverías alguno de los grandes problemas de España y mejorarías la vida de 10 millones de españoles a través de la tecnología?”

Ya dejé una vez por escrito mi opinión sobre los concursos de ideas en Internet, y no voy a repetirme. En demasiadas ocasiones (ésta es una de ellas) dan la impresión de que su principal objetivo, más que el objeto del reto, es reforzar la imagen de su promotor.

Pero el mismo hecho de que el concurso se publicite, más aún teniendo el respaldo de las respetables fundaciones españolas que lo patrocinan, apunta a que el sistema es permeable. En parte porque, desde dentro mismo del sistema, hay muchos que saben que tiene goteras (los grandes problemas a los que se refiere el reto). Algunos de ellos (no todos) están incluso dispuestos a admitirlo. Hay incluso quienes se dan cuenta de que las soluciones no saldrán de dentro del status-quo (porque cuando se pregunta al status-quo por el origen de un problema, siempre miran a otra parte). Quizá podríamos empezar explorando oportunidades con ésos últimos.

Tenemos por tanto tres opciones:

  1. Pasar olímpicamente del concurso. (“Total, seguro no servirá para nada”, como en esta genial viñeta de El Roto).
  2. Dedicarnos a criticarlo. (“Es sólo propaganda de la Singularity”, “Ni siquiera saben escribir en castellano. Los problemas se resolverán en todo caso ‘por medio’ o ‘con ayuda’ de la tecnología, pero no ‘a través’ de la tecnología”,  y varios etcéteras más posibles.)
  3. Aprovechar la ocasión para presentar una propuesta que inicie una conversación creativa y constructiva.

Hace días que doy vueltas a la tercera y tengo algunas ideas (preliminares, eso sí) al respecto.

¿Alguien quiere hacer equipo? ¿Alguien me admite en el suyo?

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The System is Failing, Hack the System

El Roto 29_01_2014

El Roto, en El País de 29/01/2014. Si fueran sólo los de mediana edad …

Sigo dando vueltas a la tesis de The Economist que comentaba en mi última entrada: A corto, y quizá también a medio plazo, la extensión de los usos de las TIC destruye puestos de trabajo y refuerza la concentración de capital.

(Lo predijo Manuel Castells en su momento. El paradigma informacional desplaza al industrial porque resulta más eficiente en la acumulación de dinero y de poder).

Entretanto seguimos oyendo día sí y día también propuestas para seguir impulsando el avance de las TIC. Sin contrapesos, sin al parecer preocuparse demasiado de sus efectos a corto plazo. Recuerdo todavía, por ejemplo, el panegírico que un autor, olvidable a mi juicio, escribía hace unos años en un libro de un cierto éxito:

“Estamos haciendo un viaje nocturno. Hemos dejado atrás la ciudad analógica y avanzamos veloces en el automóvil de la tecnología por el amanecer digital, camino de su luminosa y prometedora mañana.

Pues va a ser que no. El argumento de que el desarrollo tecnológico ha sido y seguirá siendo una herramienta de generación de abundancia es convincente. Pero en la apología de la abundancia que hace en un reciente libro el fundador de la Singularity University, la abundancia de trabajos no aparece por ningún lado. Tampoco aparece la más mínima disposición al intento de gestionar de algún modo los daños colaterales que ya se están haciendo visbles. Sobre esta cuestión, The Economist escribía hace ya unos años que:

Technological progress, just like trade, creates losers as well as winners. The Industrial Revolution involved hugely painful economic and social dislocations—though nearly everybody would now agree that the gains in human welfare were worth the cost.

Se me antoja que la debilidad principal, quizá la única, de la argumentación que The Economist lleva una década manteniendo es no cuestionar el sistema que genera los daños colaterales. Un sistema basado en el predominio de una ideología económica que justifica ese impulso sin matices al desarrollo tecnológico, atribuyendo la responsabilidad (y por tanto los daños colaterales) a la mano invisible del ‘mercado’.

Ante el dictat de una innovación disruptiva y una destrucción creativa que no dan valor a lo que destruyen o disruptan habría que considerar una postura radical, como la propone The Guardian:

The system is failing, hack the system. Social entrepreneurs aren’t going far enough to create systemic change. What we need are social entrepreneurs who hack the hell out of the current system, destroy it and create new systems [...] Neoliberals and Marxists both believe in “creative destruction”, so let’s get to it.”

Lo que se trata pues es de poner juego ‘social hackers‘ tan capaces y ambiciosos como los ‘hackers’ tecnológicos que por el momento dominan la escena.

¿Alguien se apunta? ¿Sugerencias?

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Que Bauman y The Economist coincidan no es coincidencia

Economist 140118

From: The Economist, 18/01/2014

Dos recientes artículos de The Economist (1 y 2) sobre el impacto futuro de las Tecnologías de la Información (las TIC) en el empleo y lo salarios merecen ser leídos y debatidos, como mínimo por los que nos interesamos por las interacciones entre tecnología y sociedad.

Porque el panorama que pinta The Economist, cuyas posiciones son habitualmente comedidas, es para preocuparse. Sus conclusiones incluyen algunas como las siguientes.

La primera, ya conocida, es la perspectiva de la desaparición de muchos de los trabajos actuales:

Technical change is increasingly taking the form of capital that effectively substitutes for labour [...] One recent study by academics at Oxford University suggests that 47% of today’s jobs could be automated in the next two decades.

Esta ola de innovación disruptiva genera a corto plazo desigualdades también disruptivas:

America may be pioneering a hyper-unequal economic model in which a top 1% of capital-owners and “supermanagers” grab a growing share of national income and accumulate an increasing concentration of national wealth [...] For workers the dislocating effects of technology may make themselves evident faster than its benefits. Even if new jobs and wonderful products emerge, in the short term income gaps will widen, causing huge social dislocation and perhaps even changing politics.

Tomando como referencia el precedente de la Revolución Industrial (el único que tenemos acerca del impacto social de un cambio drástico de la base tecnológica), y apoyándose también en las opiniones de varios académicos poco sospechosos de alarmismo, los efectos de esta disrupción, de hecho iniciada ya en los 80, podrían plausiblemente prolongarse una o dos décadas más.

La conclusión final es que:

Society may find itself sorely tested if, as seems possible, growth and innovation deliver handsome gains to the skilled, while the rest cling to dwindling employment opportunities at stagnant wages.

The Economist acaba recordando que, como explicaba muy bien en la misma revista Peter Drucker hace más de 10 años, la época de las revoluciones industriales fue un época de innovación tecnológica, pero todavía mucho más de innovación social e institucional. Sería pues el momento de la innovación en políticas que vayan más allá de facilitar (a ciegas, diría yo) el discurso hiper-tecnológico.

Adaptation to past waves of progress rested on political and policy responses [...] Today’s governments would do well to start making the changes needed before their people get angry.”

Ahí es donde Bauman, cuya ideología no es precisamente afín a la de The Economist, coincide al concluir su último libro que:

Parece que necesitamos que se produzcan catástrofes para reconocer y admitir que podían producirse. Es un pensamiento escalofriante, quizá el que más. ¿Podemos refutarlo? Nunca lo sabremos si no lo intentamos: una y otra vez, y cada vez con más fuerza“.

El problema, en absoluto menor, es que no esté nada claro dónde vale la pena apuntarse para empezar. Para generar ideas, discursos y planes alternativos a los de gente como la Singularity University o mis muy apreciados ilustrados-TIC.

¿Sugerencias?

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La nueva soberbia

Entrevistan en “La Contra” al director de la Singularity University. Una institución docente que es singular como mínimo en creer que “en algún momento de este siglo la inteligencia artificial superará a la humana creando una singularidad como la que nos convirtió en humanos.

Una afirmación como ésta da para un debate a fondo sobre la naturaleza de la inteligencia y, si me apuran, de la esencia del ser humano. Un debate en el que supongo que tendríamos ideas encontradas. Porque creo que se puede aplicar a este tipo de pensamiento singular la reflexión de Jaron Lanier de que hay quien (nada desintaresadamente, por cierto) se aplica a predicar que la gente es (o será obsoleta) para que los ordenadores (sus ordenadores) parezcan más avanzados.

Esa conversación nos llevaría lejos. Por hoy, me conformo con apuntar una curiosa contradicción cómo el entrevistador de La Contra trata a este singular personaje, al escribir que:

Es innegable que nuestro mundo se está acelerando y nos exige aprendizaje y error permanente. Silicon Valley lidera esa aceleración, porque ve el error como parte del acierto. Lo opuesto a la vieja soberbia de pretender saberlo todo.

Me sorprende que no considere como soberbia la más que categórica última respuesta del entrevistado:

Nadie puede detener la ley evolutiva de la aceleración tecnológica“.

Porque esa ley, para empezar, no existe. La tecnología no evoluciona por sí sola ni por el efecto de alguna ley de origen arcano, sino por la acción de las inteligencias (no cibernéticas) y las voluntades (humanas, porque las máquinas no tienen voluntad) de personas y grupos de personas. Que se esfuerzan en convertir ideas y proyectos en realidades. Y a veces, como en los avances tecnológicos, lo consiguen.

O sea, que el mensaje de la Singularity, típico de un Silicon Valley cuya arrogancia llena estos días titulares (en EEUU), no me parece para nada lo opuesto a la vieja soberbia. Todo lo contrario. Es el exponente de una nueva soberbia. Y, como todas las soberbias, injustificada y peligrosa.

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La Ley de Murphy y la Tecnología

navaja suiza

Hoy me ha interesado

… el artículo “Matones de WhatsApp” (acceso para suscriptores) publicado en La Vanguardia. Porque, en un tono no habitual en el tratamiento de las TIC por la prensa generalista, empieza con una frase plena de sentido:

La tecnología no nos hace mejores ni peores, pero ayuda a que los buenos y los malos instintos se expandan con más eficacia.

Una verdad que va más allá del suceso al que se refiere el artículo. Las tecnologías no son siempre neutras, pero incluso cuando lo son se  contaminan inevitablemente con los valores de quienes las adoptan, más que con los de quienes las inventan. Pienso en particular en hechos como la existencia de la ‘internet oscura‘, la revelación de la vigilancia de gobiernos de uno y otro color sobre la comunicaciones por Internet y el modo en que algún ilustre ilustrado-TIC pone el grito en el cielo al respecto.

Ocurre que no sólo es inevitable que si algo puede ir mal vaya mal algún día. Es peor. El mal existe, y es más que la ausencia de bien. Si hay oportunidad de utilizar algo (un medio, una herramienta, una tecnología) para hacer daño, alguien habrá indefectiblemente que aproveche esa oportunidad.

Mi admirado Langdon Winner, al que traigo repetidamente a este espacio, ya avisó en su momento de que:

“La revolución de los ordenadores es claramente silenciosa con respecto a sus propios fines.”

Imaginar lo contrario, que las TIC serían la excepción que escapara a la Ley de Murphy, es como mínimo inocente, y probablemente irresponsable, cuando no tendencioso. No debería sorprender a nadie, y menos a un supuesto experto, que esté emergiendo:

Una red demencial para un mundo disfuncional, en el que las herramientas de comunicación que deberían mejorar el mundo y conectarnos a todos se convierten en algo siniestro, que amenaza nuestra privacidad y nuestros derechos más fundamentales.

No sólo vivimos en un mundo disfuncional (el asunto de la privacidad no es ni de lejos el más disfuncional); hay usos de las TIC que contribuyen a ello. Tengamos presente, por ejemplo, la contribución de un uso irresponsable de ordenadores, algoritmos y redes a la virulencia de la crisis financiera actual. Lo que sucede es, citando otra vez a Langdon Winner,

“Se busca en vano entre los promotores y agitadores del campo de los ordenadores las cualidades de conocimiento social y político que caracterizaban a los revolucionarios del pasado.”

Proclamar que “las herramientas de comunicación deberían mejorar el mundo” es conceptualmente erróneo, además de ilusorio. Porque no son las herramientas, sino las personas y los grupos de personas los que cambian el mundo. No todos, sin embargo, dan la talla.

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