Dramatización, respetando el fondo, de una conversación reciente:
“En nuestro centro estamos investigando sobre la compra social – explica el responsable de un grupo de investigación sobre aplicaciones avanzadas de Internet – Creemos que se trata de un nuevo campo con un futuro muy prometedor“.
“¿Compra social? Qué interesante!!!” – responde su interlocutor, que tiende a intervenir en todo lo que contenga el adjetivo ‘social’ o el término ‘sociedad’ – ¿Con qué ONGs estáis colaborando?
“¿ONGs? Ninguna. ¿Qué tienen que ver las ONGs en ésto?“
“???”
“Te cuento. Imagínate que te invitan a una fiesta a casa de un amigo y quieres llevarle un libro, o un disco. Pero no sabes cuáles ha leído o quizá ya tiene en casa. Entonces, incluso desde la tienda, si tu amigo y tú estáis en la misma red social, puedes enviar a toda vuestra red un mensaje preguntando qué les parece si le regalas tal o cual cosa, y ellos te dan su opinión. Eso es la compra social“.
“Ah!!! Yo entendía otra cosa. Lo que por ahí se entiende por compra social es la reserva que hacen las empresas y las administraciones de una parte de su contratación para empresas de inserción, centros especiales de trabajo y entidades que tienen como finalidad la inserción sociolaboral de personas con riesgo de exclusión social”.
“Bueno, éso será en tu mundo. En el nuestro, todos entienden que cuando se habla de compra social …“
La idea está clara, espero. No explicitar el ‘marco mental’ desde el que se piensa, se habla y se actúa puede llevar a equívocos. ¿Y si hablamos de la sociedad de la información?
¿Comentarios?

